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El
Papa, Benedicto XVI, ha insistido repetidas veces en la necesidad de leer la
Palabra de Dios. En concreto, en su mensaje a los Jóvenes del Mundo con
ocasión de la XXI Jornada Mundial de la Juventud, el 9 de Abril de 2006, les
decía: “Una vía muy probada para profundizar y gustar la palabra de Dios
es la Lectio Divina, que constituye un verdadero y apropiado
itinerario espiritual en etapas”.
En
Domus Mariae leemos a diario la Palabra de Dios, nos ponemos a la
escucha de Dios, y procuramos encarnar esa Palabra en la vida diaria.
Nuestro modelo,
en esa actitud de escucha, es María. Ella estuvo siempre abierta a la
voz de Dios y desde su “Si” al mensajero divino, en su convivir a diario con
Jesús, el Verbo Encarnado, esa escucha, tejida en la cotidianeidad de la
vida, en la sencillez del hogar, fue moldeando su ser y su vivir.
Para
ahondar en nuestro carisma es bueno que conozcamos ese itinerario de que nos
habla Benedicto XVI y para ello se puede hacer un parangón entre dos
acontecimientos fundamentales de la vida de María: la Anunciación
del Ángel y la Visitación a su pariente Isabel, con las
fases de la Lectio Divina.
¿Qué es la Lectio Divina?
Es un
modo de acercarse y de leer la Sagrada Escritura, un modo de lectura orante.
Es una lectura (escucha) hecha con Dios, de corazón a corazón, porque
no podemos olvidar que “Ser cristiano es mucho más que
una moral es el don de una amistad” (Cfr.: Benedicto XVI Homilía en
la Eucaristía celebrada delante del Santuario de Mariazell).
La
Lectio Divina supone una lectura apacible, serena, constante, reposada,
rumiada, saboreada. Es un verdadero encuentro de toda nuestra persona con
Dios: con nuestra mente, nuestro corazón y nuestro
espíritu. Un auténtico momento de oración que nos configura
y nos confronta con la Palabra de Dios.
Es
importante también que no perdamos de vista que la Lectio Divina es un
itinerario espiritual en etapas ( lectura,
meditación,
oración
y
contemplación),
que nos conduce a una meta: al conocimiento de Cristo y a la adhesión a Él.
La
Anunciación
En la
Lectio Divina hay una etapa previa, una fase de preparación, llamada así:
Preparación o Statio. Es el momento de disponer nuestro cuerpo y
nuestro espíritu, de buscar la postura y el lugar adecuado, de hacer
silencio interior y exterior. Es el momento de, con un corazón limpio y con
humildad, dejándolo todo, ponernos a los pies del Señor como María de
Betania (Lc 10,39), sabiendo que el Señor llama a la puerta de nuestro
corazón [“Mira que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20 )].
También
es el momento de pedir luz y fuerza. Nosotros, en Domus Mariae, lo hacemos
con la Oración para comenzar las lecturas.
Ahora
situémonos en la escena de la Anunciación. María vivía en la casa
paterna, estaba desposada con José pero aún no había sido trasladada a la
casa del esposo, y tendría que realizar los quehaceres domésticos que toda
joven de Israel tenía que cumplir: ir a por agua a la fuente de la aldea,
amasar el pan, hilar…; pero es seguro que reservaba tiempos para el
encuentro con Dios. Quizá fue entonces cuando se hizo presente el mensajero
divino. Nos encontramos, pues, en esa fase de preparación de la que
os he hablado. Escuchemos el relato:
“En
el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de
Galilea llamada Nazaret a una Virgen desposada con un varón de nombre José,
de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a
ella, le dijo: Salve, llena de gracia, el Señor es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras y discurría que podría significar
aquella salutación”.
María
percibe que algo extraordinario está sucediendo y, al tiempo que trata de
comprender, se pone a la escucha.
Es el
momento en que Dios va a hablar a María por medio de su enviado. Y es el
momento en que nosotros leemos los textos de la Palabra de Dios que se van a
proclamar en la Eucaristía del día siguiente.
En el
itinerario de la Lectio Divina, este momento de escucha, se corresponde con
la fase llamada Lectio o Lectura (escucha) que, en palabras de
Benedicto XVI, “consiste en leer y volver a leer un pasaje de la Sagrada
Escritura tomando los elementos principales”. Momento que se puede
resumir en una pregunta: ¿Qué dice el texto?
Si
volvemos a la
escena de la Anunciación, la pregunta sería: ¿Qué dice el ángel?
Vamos a
escucharlo: “El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia
delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le
dará el Señor Dios el trono de David, su padre, reinará en la casa de Jacob
por los siglos, y su reino no tendrá fin”.
María
ha escuchado atentamente y se dirige al mensajero intentando comprender lo
que su palabra le dice para su vida concreta. Es decir, entra en la fase de
la Meditación: ¿Qué me dice el Señor?
Benedicto XVI nos dice que la Meditatio o Meditación: “Es como una
parada interior, en la que el alma se dirige a Dios intentando comprender
lo que su Palabra dice hoy para la vida concreta”.
Volvemos a la escena de la Anunciación:
“Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?
El
enviado completa el mensaje, pues, por sí sola, María no hubiera podido
descubrir el plan de Dios sobre ella.
“El
ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del
Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo,
será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, también ha concebido un
hijo en su vejez, y este es ya el mes sexto de la que era estéril. Porque
nada hay imposible para Dios”.
En este
momento de la meditación es preciso dejar que las palabras desciendan de la
cabeza al corazón.
La
meditación se desarrolla en tres momentos:
Tiempo de recoger:
Como la hormiguita voy recogiendo cuidadosamente lo que me ha llamado la
atención en la lectio: las palabras claves, una frase… y me pregunto:
¿Qué me dice Dios en su Palabra?
Tiempo de hacer germinar:
Las palabras pasan de la cabeza al corazón y tomas posesión de él. Se trata
de rodear con el calor del corazón la Palabra de Dios que se ha recogido y
hacer que germine. ¿Qué siento ante esta palabra? ¿Dónde me ha
tocado? Me dejo empapar por los gestos de Jesús, de sus palabras, de su modo
de actuar…
Tiempo de confrontación:
Aquí se
produce la “crisis”, el juicio de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios se
pone ante mi vida, ya sea enjuiciándola, o iluminándola, dotando de nuevo
sentido a mi realidad y a mi historia personal. ¿Cómo se está cumpliendo
en mi vida el plan de Dios? ¿Qué estorbos está encontrando?
Es en
este momento, en el de la confrontación, cuando la meditación se
convierte en oración.
Benedicto XVI, nos dice que la oratio o momento de oración:
“Hace que nos entretengamos con Dios en el coloquio directo”.
La
oración puede adoptar diversas formar: compunción, petición, acción de
gracias (eucarística), alabanza.
Orar es
responder a la Palabra de Dios después de haberle escuchado. Le
respondo a Dios desde su Palabra, con ella intento calmar el deseo de Dios
despertado en mí por su Palabra leída y meditada previamente. ¿Qué le
digo al Señor desde el fondo de mi corazón?
María
es seguro que, después de escuchar atentamente al mensajero divino [Lectio],
dejó que las palabras descendieran de la cabeza al corazón, recordó las
Promesas de Dios a su pueblo, se sintió inmensamente pequeña, pero confío en
el poder y el amor del Poderoso [Meditatio], y en esa confrontación, ante
las preguntas inevitables: ¿Qué le digo al Señor desde el fondo de
mi corazón? ¿Señor, qué quieres que haga? [Oratio] surgió,
desde lo más hondo de su ser, su oración confiada, humilde y llena de
valentía.
Escuchémosla:
“Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Aunque
el relato evangélico concluye concisamente: “Y se fue de ella el ángel”
(Lc 1, 26-38), no podemos dudar que María entró en la Contemplación
en la oración sin palabras, en un disfrutar de Dios y de su
presencia. Es fácil imaginar que se sentiría mirada con amor por Dios;
es seguro que su mirada quedó fija en Dios y, sumida en un
silencioso amor, permanecería abierta a la escucha de su Palabra.
Además,
si la contemplación es don del Espíritu Santo, cima y
fruto de la Lectio Divina bien realizada ¿cómo dudar que
María, en ese momento, entró en esa más alta cima de la contemplación?
Benedicto XVI, resume esta fase de la contemplación diciendo que “La
contemplación nos ayuda a mantener el corazón atento a la presencia de
Cristo, cuya palabra es
“lámpara que luce en
lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones
el lucero de la mañana” (2
Pe 1,19)”.
Si bien
es cierto, como decía antes, que el Evangelio sólo nos dice que “se fue
el ángel”, lo que sí nos relata el Evangelio, es que María pasó
rápidamente a la última fase de la Lectio Divina: la Acción: “vete y
obra”.
Si la
semilla de la Palabra de Dios ha caído en nuestro corazón y lo ha
transformado, está llamada a dar frutos en nuestra vida. La lectura, el
estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar en una
vida de coherente adhesión a Cristo y a su Doctrina.
La
Palabra debe encarnarse en la vida de cada día: “No todo el que me
dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la
voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La Palabra de Dios es
fuego ardiente que transforma nuestra vida en luz que ilumina a
nuestro alrededor.
Veamos
cuál fue el primer fruto de esa escucha de María, de ese fuego ardiente que
transforma nuestra vida en luz e ilumina a nuestro alrededor:
La
Visitación.
“En
aquellos días se puso María en camino y con presteza fue a la montaña, a una
ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Así que oyó
Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del
Espíritu Santo, y clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor
venga a mí? Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó
de gozo el niño en mi seno. Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que
se le ha dicho de parte del Señor”.
La
semilla de la Palabra de Dios había caído en su corazón transformándolo y
dio frutos.
En la
acción, descubrimos cómo María no sólo suscita en Isabel la alegría de la
presencia del Señor y la fe; sino que, Ella, llena del Espíritu Santo,
estalla en un cántico de alabanza: en el Magníficat. El Magníficat es clara
expresión de lo que María había vivido en la Anunciación. En aquel momento,
en el momento de la Anunciación, María contempló cómo se hacía
realidad en ella la bondad y el poder de Dios; esa bondad y ese poder que
ahora percibía encerrado en su seno.
“Dijo María: Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en
Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva; por eso todas
las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí
maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. Su misericordia se derrama de
generación en generación sobre los que le temen. Desplegó el poder de su
brazo y dispersó a los que se engríen por los pensamientos de su corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes. A los
hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos. Acogió a
Israel, su siervo, acordándose de su misericordia. Según lo que había
prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.
María permaneció con ella como unos tres meses y se volvió a su casa”.
(Lc 1, 39-56)
Ahora
que hemos recorrido el itinerario de la Lectio Divina de la Mano de María,
pidámosla que permanezca con nosotros no tres meses sino siempre y nos
enseñe a escuchar [¿Qué dice el Señor], a meditar [¿Qué me dice el Señor], a
orar [¿Qué le digo al Señor?], a contemplar [Disfrutar de Dios: amar y
dejarse amar] para que, haciendo nuestra la Palabra de Dios, se produzca en
nosotros la conversión del corazón y la progresiva transformación
evangélica de nuestra vida. Así, la Palabra, será fuente e inspiración
de nuestros pensamientos, de nuestra sensibilidad espiritual y de nuestras
actuaciones en la vida de cada día. Sólo si somos fieles a la cita del
Señor, al encuentro con Él en su Palabra, y lo hacemos de la mano de la
Madre, de corazón a corazón, seremos capaces de no ser nosotros los
que vivimos sino que Cristo vivirá en nosotros y así,
construiremos en verdad, la Casa de María que estamos llamados a edificar
sobre Roca.
Mª Soledad Cosmen García.
Noviembre de 2010
Bibliografía:
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI A Los
Jóvenes del Mundo con ocasión De La XXI Jornada Mundial De La Juventud (9 De
Abril De 2006)
Homilía en la Eucaristía celebrada delante del
Santuario de Mariazell. Viaje a Austria (septiembre de 2007).
Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la
JMJ 2011. Madrid: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf.
Col 2, 7)
Material preparado para acompañar el itinerario
de los jóvenes para la JMJ. Madrid 2011. Arzobispado de Madrid. Delegación
Episcopal de Infancia y Juventud.
Catecismo de la Iglesia Católica. |