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EDUCACIÓN
Índice
Virtudes y Valores
Las Virtudes
Educar las virtudes y los valores
Educar las Virtudes
Los valores según las Edades
Cómo Educar la conciencia de los hijos |
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El proceso de maduración de
la persona se produce de manera escalonada, los valores no se adquieren
todos a la vez o en cualquier momento. Su adquisición se produce poco a
poco, en función de factores tales como la edad, la motivación, la familia,
etc.
Es cierto que los valores
están intrínsecamente conectados. En este sentido resulta difícil
interiorizar la solidaridad si no se vive la generosidad en el día a día, no
se puede ser laborioso sin vivir la fortaleza, etc.
Con el fin de facilitar la
labor de los padres a continuación, se expone qué valores son los que se
desarrollan en las distintas edades. De esta manera se gana en efectividad,
porque sin olvidar el conjunto es más fácil centrarse en aquello que el niño
o el joven, ya sea por su edad o su momento psicológico, está en disposición
de desarrollar.
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De 0 a 7 años:
Hasta los 7 años la educación
en valores debe centrarse en el orden, la obediencia y la sinceridad. Son
estos tres valores la base de la educación. A partir de ellos crecerán los
demás y serán la base de una vida feliz y equilibrada.
La manera básica de vivir
valores en esta edad es por medio de hábitos, es decir, de la repetición de
actos operativos concretos de orden, obediencia y sinceridad.
·
Educar el
orden:
Podríamos decir que un niño
tiene el valor del orden cuando se comporta de acuerdo con unas normas
lógicas, necesarias para el logro de algún objetivo deseado y previsto, en
la organización de las cosas, en la distribución del tiempo y en la
realización de las actividades, por iniciativa propia, sin que sea necesario
recordárselo.
El desarrollo del valor del
orden, como todos los valores morales, tiene dos facetas: la intensidad con
que se vive y la rectitud de los motivos al vivirla. Ocurre, en ocasiones,
que el orden llega a ser un fin y convendría aclarar, desde el principio,
que este valor debería ser gobernado por la prudencia.
En un ambiente familiar de
alegría, tranquilidad, confianza y cariño se debe exigir a los niños que
recojan los juguetes que han utilizado, habrá que facilitarles la labor
proveyéndoles de cajas de colores, estanterías a su altura, etc. Será bueno
también explicarles él porqué del orden con el fin de que no sean maniáticos
del orden por el orden y que vean las ventajas de ser ordenados. Con visión
del futuro, a nadie se le escapa la importancia del orden en un trabajo
profesional eficaz.
Adquirir el valor del orden
va mucho más que acomodar cosas y objetos, es poner todas las cosas de
nuestra vida en su lugar. Por ejemplo nadie sale del trabajo a media mañana
para ir a jugar un partido de fútbol con los amigos, tampoco a nadie se le
ocurre amar perdidamente a su mascota y desatender a sus hijos. Sin embargo
el desorden puede estar disfrazado muy sutilmente y es fácil darle tres o
cuatro horas más al trabajo y no estar con la familia, y uno puede sentirse
muy tranquilo porque "está poniendo en orden sus prioridades". Si, el
trabajo es importante, pero tiene su espacio y sus límites. Igualmente
ocurre con aquella persona que decide no tomar una oportunidad única de
trabajo porque le implica sacrificar un poco de su familia. El valor del
orden debe ayudarnos a darle a cada cosa su peso, a cada actividad su
prioridad. A cada afecto el espacio que le corresponde.
El orden interior se refleja
en todas nuestras cosas. Si recreamos nuestra imaginación en fraguar
proyectos un tanto inalcanzables, nos entretenemos en pensar qué haremos el
próximo fin de semana, o en los nuevos accesorios para nuestro automóvil,
difícilmente nos concentraremos en las cosas importantes que debemos hacer y
perdemos un tiempo valioso. En este ambiente ficticio esta la pereza, no nos
extrañe que nos cueste "mucho trabajo" recoger las cosas o terminar a tiempo
cualquier actividad.
La falta de orden se presenta
muchas veces con el activismo: dar la apariencia de hacer... sin hacer. En
medio de nuestras ocupaciones habituales, e incluso con alto rendimiento y
eficacia personal y profesional, podemos estar rodeados de papeles, objetos,
libros, cajones de uso múltiple y adornos de todo tipo. Este descuido
generalmente va acompañado de un propósito de arreglo, pocas veces
concretado debido a la prisa por hacer lo "verdaderamente importante", pero
el orden exige plasmar en la agenda un momento y tiempo determinado para
cuidar este pequeño pero significativo detalle, cada cual sabe dónde deben
estar las cosas.
La alegría, la convivencia,
los planes personales y una gran capacidad de trabajo caracterizan
positivamente a la persona, sin embargo, todo aquello que se omite o se hace
fuera de tiempo y oportunidad, provoca desorden e ineficiencia.
Algunas personas no tienen el
interés o la conciencia de la importancia de este valor porque todo lo
tienen resuelto, tienen a su alrededor, personas (en el hogar, oficina,
escuela, etc.) que se ocupan de la limpieza y disposición de las cosas para
crear un ambiente agradable. Esta comodidad en nada favorece a quienes
cuentan con este "servicio". Pensemos en los niños y jóvenes (aunque los
adultos no escapan del todo) que no hacen nada en este aspecto; tarde o
temprano tienen dificultades para organizar su tiempo de estudio, elaborar y
cumplir con sus trabajos escolares, perder con frecuencia todo tipo de
objetos o abandonarlos en cualquier lugar. Si lo vemos en futuro, su
capacidad de trabajo estará seriamente afectada por la falta de práctica y
ejercicio de este valor.
Por el contrario, toda
persona que vive el orden en extremo (más que meticuloso, un perfeccionista
molesto) dificulta la convivencia y manifiesta poca comprensión hacia las
personas, y eso aniquila su rectitud de intención en este valor,
suplantándolo por la soberbia y la intolerancia. El orden debe tener un
equilibrio.
Otro aspecto esencial dentro
de este valor es el de la distribución del tiempo. Y, a su vez, uno de los
problemas más importantes que encontramos en relación con la distribución
del tiempo es saber lo que es importante y lo que es urgente y, a
continuación, no sacrificar continuamente lo importante a lo urgente.
Como todos los valores, el
orden se educa mucho mejor con el ejemplo, por eso, estas son algunas de las
sugerencias que pueden ayudar a los padres a vivir mejor el valor del orden,
para educarlo en sus hijos:
- Dedica tiempo a la familia,
con este ejemplo, todos aprenderán que ordenas tu vida de acuerdo a tus
responsabilidades, dando a los tuyos la prioridad que les corresponde.
- Lleva una vida espiritual
de acuerdo a los preceptos de tu religión, son normas de conducta que
facilitan y hacen nuestra vida mejor.
- Planea tus gastos.
- Distribuye tu tiempo, así
serás puntual, cumplirás según lo previsto y tu persona adquiere formalidad.
- Cuida tu persona por dentro
y por fuera: Conserva un buen aspecto personal aún los fines de semana y en
temporada de vacaciones; establece un horario fijo para el descanso y los
alimentos.
- Da un correcto uso a las
cosas y mantenlas en orden en su lugar correspondiente; igualmente procura
la limpieza y cuidado de todo.
Es tan importante en todos
los aspectos de la vida el valor del orden que vale la pena el esfuerzo por
cultivarlo: formalidad, eficacia, pulcritud, cuidado... El valor del orden
puede cambiar significativamente nuestras vidas, pero aún más importante, la
vida de quienes nos rodean.
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Educar la
obediencia:
Con respecto a la obediencia,
la lucha se centrará en que los niños obedezcan a la primera, sin necesidad
de gritos o repeticiones de la orden dada. Para ello, entre otras cosas
habrá que asegurarse de que el niño ha entendido bien lo que se le ha dicho,
sabe hacerlo y es adecuado a su edad.
Es importantísimo que los
niños lleguen a comprender el valor de la
obediencia. Haciendo
caso a los adultos, los chicos actúan con un objetivo concreto y preciso en
vez de seguir los impulsos de las propias ganas o apetencias. Obedeciendo
encauzan sus energías y capacidades lo que les ayudará a construir una
personalidad fuerte y definida. Pero para que haya obediencia ha de existir
autoridad efectiva de los adultos: no hay que tener miedo a exigir.
Contar con un horario les
ayudará a desarrollar su capacidad de autoexigencia. Es bueno que los niños
cumplan un plan. Si desde pequeños se acostumbran a hacer en cada momento lo
que deben y no lo que les apetece, habremos avanzado decididamente hacia una
voluntad fuerte. Dentro del horario tiene una particular importancia la
puntualidad en el comienzo de las tareas.
La exigencia es generadora de
una mayor motivación, y ésta, a su vez, conduce a los niños a implicarse y a
esforzarse con mayor intensidad en sus tareas cuando son portadoras de
sentido. La simple imposición de una exigencia y el miedo a las
eventuales consecuencias negativas de su incumplimiento no conducen, en la
mayoría de los casos, a una mayor motivación por la realización de las
tareas y los aprendizajes ni incrementan la disposición de la persona a
esforzarse.
Las personas se esfuerzan en
la realización de una tarea o actividad cuando entienden sus propósitos y
finalidades, cuando les parece atractiva, cuando sienten que responde a sus
necesidades e intereses, cuando pueden participar activamente en su
planificación y desarrollo, cuando se perciben como competentes para
abordarla, cuando se sienten cognitiva y afectivamente implicados y
comprometiéndose en su desarrollo, cuando pueden atribuirle un sentido.
Importancia de la disciplina
Un buen medio para fortalecer
la voluntad consiste en seguir una
disciplina y una exigencia. Por ejemplo, ateniéndose a unas
normas de convivencia en casa, en el colegio... Por eso son convenientes los
juegos y deportes: en ellos deberán observar unas reglas elementales que les
creen hábitos de disciplina: horarios de entrenamiento, obedecer al
entrenador, cuidar de su material, etc.
Al hacer vivir esta
disciplina hay que tener en cuenta el modo de ser, la edad y las
posibilidades de cada uno de los hijos, respetando su personalidad y
sabiendo conjugar la exigencia y la firmeza, con el cariño y la comprensión.
En un mundo desordenado, la
disciplina externa es necesaria e incluso esencial. Debemos recordar que los
niños no tienen la capacidad suficiente para conducirse por sí mismos.
En determinados momentos de
la vida, los padres y profesores se ven obligados a poner límites a la
conducta, a establecer algunas reglas externas y con el tiempo, entregan a
los niños y jóvenes la responsabilidad de conducirse por sí mismos de manera
adecuada.
Llevado al terreno
profesional, es incuestionable que todo trabajo implica disciplina, respeto
a las normas, horarios, obediencia a los jefes jerárquicos….Empezar a
inculcar a los hijos desde pequeños esta virtud, equivale a formar buenos
profesionales para el futuro. La sinceridad será exigible sin olvidar que
los niños también tienen mucha imaginación y que las invenciones no
constituyen mentira si detrás no hay intención de ocultar algo.
No hemos de olvidar que
educar en la obediencia y la disciplina exige el ejercicio de una
autoridad responsable por parte de los padres. Existe hoy en día un
cierto complejo paterno a ejercer una autoridad sobre los hijos, por temor a
dejar de ser sus “amigos o colegas”. Pero hemos de tener muy claro que los
hijos necesitan que seamos su padre y su madre, no sus amigos. Y ser su
padre y su madre, como ellos demandan, exige el ejercicio de la autoridad
que tenemos sobre ellos.
A titulo de ejemplo, se
sugieren algunas pautas educativas en esta edad:
– La alabanza, la alegría son
herramientas de apoyo para que el niño disfrute haciendo el bien.
– El ejemplo de los padres es
fundamental, ¿cómo será posible exigir al niño sinceridad si en casa se
miente, o exigir en orden si el padre tiene su mesa desordenada de manera
continua? Los hijos valoran que sus padres luchen por ser mejores, y no que
sean perfectos.
Por último es importante
reseñar que la trilogía valor–lucha–felicidad debe ser conocida por los
niños, así como que los valientes son los sinceros y obedientes, no quienes
mienten o desobedecen.
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De 7 a 12 años:
Entre los 7 y los 12 años
(periodo conocido como preadolescencia) los niños se encuentran en un
momento decisivo de su vida. Es la etapa en la que hay que comenzar a
desarrollar las principales virtudes. El abanico de posibilidades se abre:
fortaleza, perseverancia, laboriosidad, responsabilidad, paciencia,
sociabilidad. Como se puede ver, todas ellas relacionadas con la principal
actividad del niño, con su profesión: estudiar.
La fortaleza supone acabar un
trabajo comenzado y no dejarse rendir por la apetencia o el cansancio: no
quejarse, creando mal ambiente entre los compañeros de trabajo y bajando el
rendimiento; cosas tan sencillas – y difíciles – como mantener un horario de
estudio (perseverancia), resistir los inconvenientes (calor, cansancio) sin
quejarse excesivamente, o resistir el atractivo de ver un programa de TV en
vez de estudiar. Estos pequeños vencimientos son indispensables para un
desarrollo equilibrado de la personalidad. Las primeras piedras se ponen a
través de hábitos buenos.
La sociabilidad supone
abrirse a los demás, haciendo amigos en el trabajo, fomentando un ambiente
alegre y optimista que ayuda a las personas a ser mejores y más alegres.
La laboriosidad se puede
concretar en realizar con empeño y alegría los deberes escolares.
Una tarea urgente para hacer
de los niños personas que sepan afrontar las dificultades, consiste en
enseñarles el valor del esfuerzo, la necesidad de una voluntad
fuerte.
Hay que luchar y evitar la
formación de una personalidad débil, caprichosa e inconstante, propia de
personas incapaces de ponerse metas concretas y cumplirlas. Al no haber
luchado ni haberse esforzado a menudo en cosas pequeñas, tienen el peligro
de convertirse en no aptos para cualquier tarea seria y ardua en el futuro.
Y, la vida está llena de este tipo de tareas.
La voluntad para la lucha, la
capacidad de sacrificio y el afán de superación, si no se consiguen, se cae
en la mediocridad, el desorden, la dejadez... Por eso, no es de extrañar que
hayan llamado a la fuerza de voluntad la facultad de la victoria.
Para poder educar en sus
hijos el valor del esfuerzo y una educación basada en el mismo, es necesario
tener en cuenta unos criterios generales:
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Criterios para fomentar en los niños el valor del esfuerzo:
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El ejemplo por parte de los
adultos tiene una gran importancia, especialmente el de los padres. Los
chicos necesitan motivos valiosos por los que valga la pena esforzarse y
contrariar los gustos cuando sea necesario. Hay que presentar el esfuerzo
como algo positivo y necesario para conseguir la meta propuesta: lo natural
es esforzarse, la vida es lucha. |
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Es
necesaria cierta exigencia. Con los años, es lo deseable, se transformará en
autoexigencia. Hay que plantear metas a corto plazo, concretas, diarias, que
los padres puedan controlar fácilmente: ponerse a estudiar a hora fija,
dejar la ropa doblada por la noche, acabar lo que se comienza, etc. |
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Las tareas que se propongan a
los niños han de suponer cierto esfuerzo, adaptado a las posibilidades de
cada uno. Que los chicos se ganen lo que quieren conseguir. Las tareas
tendrán una dificultad graduada y progresiva, según vayan madurando.
Conseguir metas difíciles por sí mismos, gracias al propio esfuerzo, les
hace sentirse útiles, contentos y seguros. |
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Dos conceptos claves para la promoción del esfuerzo: voluntad y
motivación.
La
voluntad se puede trabajar y entrenar día a día con el
fin de automatizar los comportamientos y así disminuir la sensación de
esfuerzo. La paciencia es el soporte esencial de la voluntad y si el adulto
no es capaz de tenerla, mal va a poder enseñarla al niño.
No hay esfuerzo si no hay
motivo. Sin motivación
es imposible que alguien luche por una meta. Sin una meta, sin un
objetivo… no existe el movimiento.
Será de la motivación de
donde surja la disposición para el esfuerzo. Detrás de cada actividad que
realizamos siempre hay una motivación que actúa como el motor que nos va a
permitir realizar el esfuerzo necesario para alcanzar las metas.
Por tanto, es básico conocer,
aplicar y generar las motivaciones que impulsan al niño, para lo que se
deberá conocer y escuchar a los hijos, entrenándoles en la capacidad de
motivarse a sí mismos, de encontrar en la satisfacción del deber cumplido la
mejor recompensa. Esperar la suerte, la lotería, ser “elegido”… son
respuestas pasivas que no implican apenas esfuerzo. No hay esfuerzo cuando
se tiene todo lo que se desea, no hay esfuerzo cuando antes de abrir la boca
se tiene una necesidad cubierta.
La capacidad de esfuerzo está
en cada uno de los individuos, pero es fácilmente desviable hacia derroteros
distintos de la correcta conducta, cuando se ven bombardeados por otras
expectativas de vida, el éxito fácil de algunos ídolos, la precariedad del
empleo, el nulo esfuerzo para alcanzar otras metas más elementales…
Cuando los niños son
pequeños, las motivaciones vendrán dadas por las recompensas externas, la
valoración social y la atracción de la actividad asociada al juego
(motivación extrínseca). Poco a poco se les irá enseñando a desarrollar
motivaciones relacionadas con la experiencia del orgullo que sigue al éxito
conseguido y al placer que conlleva la realización de la tarea en sí misma
(motivación intrínseca).
La motivación intrínseca es
aquella que permite hacer algo porque se está interesado directamente en
hacerlo y no por otra razón. Contamos con algunos recursos para desarrollar
la motivación intrínseca: desde el campo intelectual, curiosidad y desafío,
y desde el emocional, el placer y autoconocimiento.
La combinación de voluntad y
motivación necesita ser “regada” por una abundante dosis de alegría,
ilusión, cariño y ejemplo.
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El dominio de sí mismo
Es otra buena escuela para el
fortalecimiento de la voluntad. El autodominio consiste en controlar los
impulsos espontáneos que no vengan a cuento: levantarse mientras se estudia,
gritar, lanzarse a por su comida preferida, incluso antes de que se ponga el
plato encima de la mesa... Poco a poco, chicos y chicas deben controlarse y,
en concreto:
o
Vencer el mal
humor.
o
Saber acabar
todos los proyectos que han empezado.
o
Dominar la
impaciencia.
El vencimiento habitual en
estas cosas, aparentemente menudas, va creando hábitos de autodominio, de
renuncia. A veces convendrá renunciar a cosas buenas para robustecer esta
fuerza de voluntad e ir alcanzando la madurez: no salir hasta que se haga la
tarea; estudiar para luego poder ver la televisión, etc. Otras veces,
interesará crear las ocasiones: preparar una excursión en la que se ande
mucho, preparar una actividad no especialmente del agrado de los hijos...
No
acepte la mediocridad. Sin
duda alguna, no hay medio más efectivo para desarrollar la fuerza de
voluntad que el trabajo; pero el trabajo bien hecho. Una persona que
desde pequeña se acostumbra a trabajar esforzadamente, no se dejará llevar
por la ley del capricho y el antojo. Para ello, debemos exigir realizar sus
actividades con perfección. Que terminen bien las cosas, y no se acostumbren
a hacer las cosas de cualquier manera, o a dejar sus tareas a medio hacer.
La obra bien hecha, el
trabajo bien acabado, es un fundamento seguro para educar una voluntad
fuerte y la virtud de la laboriosidad. Para que el trabajo cumpla su función
educativa, ha de ser realizado con la mayor perfección de que es capaz la
persona en cada momento.
Lo fundamental está en llegar
a transmitir a las familias que la capacidad de esfuerzo no viene de
nacimiento; que precisa de un entrenamiento basado en la creación de hábitos
firmes, a través del orden y la constancia desde los primeros momentos de la
vida del niño; que es necesario promover en sus hijos motivos suficientes
que les hagan sentir que merece la pena el esfuerzo realizado.
Proponemos a continuación,
algunas estrategias concretas que ayudan a desarrollar la virtud del
esfuerzo en los niños:
·
Evitar
adjudicarse el papel de “esclavos” de los hijos. No hacer por ellos lo que
pueden realizar por sí mismos. Desde pequeños han de ir asumiendo sus
responsabilidades por básicas que sean.
·
Ayudarles a ser
autosuficientes.
·
Enseñarles a
calibrar adecuadamente el coste de las demandas que conlleva la sociedad de
consumo y a ser críticos con las necesidades que genera.
·
Aprovechar
cualquier momento para destacar explícitamente el esfuerzo que hay detrás de
los logros.
·
Inculcarles que
no todo es de usar y tirar.
·
Acostumbrarles
a que adquieran compromisos y exigirles su cumplimiento, enseñándoles
previamente a establecerse metas realistas.
·
Enseñarles con
nuestro propio comportamiento, a superar con humor las situaciones
frustrantes.
·
Entrenarles
para poder tomar sus propias decisiones, desde ir al cine o al parque hasta
decidir sus estudios. Enseñarles a asumir las consecuencias de esas
decisiones.
·
Promover su
generosidad procurando que compartan, regalen y participen en actos
solidarios.
·
Ayudarles a
controlar sus impulsos para que sean capaces de demorar las gratificaciones
y tolerar la frustración. Para ello es importante: no ceder en seguida a sus
caprichos; anticiparles los momentos gratificantes; hablar con ellos sobre
el futuro y favorecer que se tracen algún pequeño proyecto a medio-largo
plazo; favorecer la realización de colecciones o cualquier afición que
suponga esfuerzo y perseverancia; dosificar los regalos, asociarlos a algún
éxito propio; no permitir que dejen las cosas sin acabar; mostrarse
pacientes y constantes con ellos.
Por último y como conclusión,
decir que para educar al individuo en el esfuerzo, podemos proponer una
serie de objetivos concretos, a corto plazo, que podamos controlar
diariamente. La fuerza de voluntad se forja en cumplir habitualmente todo lo
que hay que hacer, aunque no apetezca. Así, una semana podemos decirle que
se esfuerce por acabar siempre su tarea; otra, que asista puntualmente a
clase, etc.
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Valores de 13 a 18 años:
Entre los valores que se
deben fomentar en la adolescencia, destacamos el sentido común y la
prudencia, la generosidad y la justicia, la laboriosidad, la autoestima y el
optimismo. En estas edades, de 13 a 18 años, de poco servirá que se vivan
los valores por imposición, ya es tiempo de que los hagan suyos y actúen así
porque los van interiorizando.
·
El sentido común:
El
sentido común es esa capacidad de pensar, de razonar, que los hombres
poseemos, en mayor o menor grado. El diccionario de la RAE, textualmente,
sobre el sentido común dice: facultad que la generalidad de las personas
tiene de "juzgar razonablemente de las cosas". Esa capacidad, como todas,
puede aumentar o disminuir y ello sucede, en función del uso que hacemos de
la misma. Si no la utilizamos se atrofia, y al contrario, si nos
acostumbramos a pensar, a reflexionar frecuentemente, va creciendo y
haciéndose, no sólo mas grande, con mayor amplitud, sino que también, se
hace mas precisa, mas aguda y penetrante. De otra parte, el pensar alienta
los deseos de saber, de conocer, de alcanzar la sabiduría y ello estimula
nuestro afán de aprender, en definitiva nuestro interés por el estudio.
Además,
pensar hace
posible
el valor
de la prudencia. Ya que la razón, ordena rectamente nuestro obrar y,
facilita la elección de los medios que nos conducen a nuestra perfección o,
realización personal. Etimológicamente deriva del latín prudentia,
que está vinculada con providentia, ver desde lejos. Determinar el
fin que se intenta, ordenando a él los medios oportunos y, prever las
consecuencias, constituye una de las partes integrantes de esta virtud.
Este
valor, reside en la razón. Como “recta razón en el obrar”, la prudencia es
un conocimiento que tiene por fin tomar decisiones. La prudencia tiene por
misión regular y dirigir el obrar. Por ello, el que posee y utiliza el
sentido común -prudencia- antes de obrar, indaga; después según lo
averiguado, juzga y luego, decide.
Por eso,
la prudencia requiere conservar una buena memoria, que recuerde los hechos y
acontecimientos, tal como sucedieron en la realidad, sin distorsiones
afectivas o de interés. ¡Es tan fácil manipular el pasado! También necesita
de una percepción clara de la realidad concreta y de las actuales
circunstancias, para que la decisión práctica sea oportuna y realista. Por
otra parte, conscientes, de que no lo sabemos todo, la prudencia exige saber
preguntar e informarse. Es decir, buscar consejo de quien esté capacitado
para ello. Si tenemos que actuar ante algo que nos resulta sorprendente e
inesperado se pide de la prudencia que sea objetiva. Las viejas recetas ya
no sirven, pero eso no quiere decir que tengamos que caer en el relativismo.
A nuevos tiempos, nuevas recetas. Y por último el sentido común, es decir el
buen uso de la razón para juzgar los casos particulares. La prudencia
necesita del buen razonamiento, para poder aplicar rectamente los principios
universales a los casos particulares, que son variados e inciertos.
La
prudencia también requiere la previsión, que consiste en ver de lejos y
anticiparse a los sucesos, no basta decir que “prevé las consecuencias de un
hecho (ya lo decía yo); es preciso que proporcione al hombre los medios
necesarios para que alcance su fin”. Así como es propio de la previsión
descubrir lo que es conveniente para el fin, la prudencia nos exige mirar
alrededor de nosotros y considerar si ello, es conveniente a ese fin, dadas
las actuales circunstancias. Finalmente es necesaria la precaución, para
elegir los bienes y evitar los males y los obstáculos exteriores, que puedan
impedir la efectiva realización del fin. Todo ello son aspectos de un mismo
hecho: reflexionar, pensar.
Todo
esto, que parece tan complicado y técnico, no es otra cosa, que aplicar el
sentido común a nuestro actuar, para alcanzar así, el fin que nos es natural
y nos hemos propuesto. Dicen, que el sentido común es -cada vez más- el
menos común de los sentidos, y ello se debe a que pensamos menos,
reflexionamos menos, y por tanto, actuamos de manera imprudente.
De manera
bien intencionada y movidos por los mejores y más fuertes sentimientos,
actuamos decididamente pero, nuestros actos nos llevan al fracaso, y en
ocasiones, a hacer daño a las personas que más queremos. Precisamente, por
quererlas tanto, olvidamos el sentido común. Se impone pensar más para ser
más prudentes.
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La generosidad y la justicia:
Adquirir
el valor de la generosidad es de justicia, porque nada poseemos que antes no
lo hayamos recibido. Considerar las cosas como propias, sólo tiene sentido,
si están al servicio de los demás. Nadie vive para si mismo. La vida
entendida como servicio. Hemos nacido para servir y todo lo que tenemos ha
de estar a disposición de aquellos que lo necesitan. Nuestra misión disponer
libre y ordenadamente de todo lo que nos ha sido dado o hemos obtenido para
el mayor bien de los demás. Por eso, da mas el que mayor entrega hace de lo
que tiene, sea mucho o poco. De ahí que -desde niños- debamos cultivar el
valor o fortaleza de la generosidad.
Uno de
los objetivos en la formación de los chicos es que sean generosos, es decir,
que actúen en favor de otra persona desinteresadamente. Está claro que
resulta más fácil hacer un favor a una persona que nos resulta simpática (un
hermano, un amigo) que al que nos cae mal. Este hecho se da especialmente en
la adolescencia, en la que se juzga a las personas sin matices: son buenas o
malas, simpáticas o antipáticas. Y los actos generosos se dirigen hacia los
simpáticos y buenos. Pero esto no es auténtica generosidad, porque no se
actúa a favor del que lo necesita, sino a favor del que me cae bien.
Para
educar a los niños en esta virtud habrá que ir poco a poco, como por un
plano inclinado. Primero ser agradables a los simpáticos y luego, con
esfuerzo, con todos los demás. Si los padres aprueban los pequeños esfuerzos
que hacen sus hijos, les estarán motivando a seguir con estos actos
generosos.
El
segundo motivo es ser generoso para conseguir una contraprestación. Esto se
da cuando un niño presta o regala una cosa que necesita un compañero, pero
sabiendo que otro día, cuando él necesite algo, el compañero tiene
obligación de contraprestar. Es como si dijera: me debes un favor. O te doy
para que me des. Esta conducta si se realiza de forma intencionada puede
terminar en el egoísmo.
Por otra
parte, el niño es egocéntrico, todo gira en torno de él. Pero los padres
pueden abrir nuevos horizontes descubriendo que hay otras personas que
necesitan algo que el chico les puede dar. Esto puede resultar más fácil si
en la familia se vive un ambiente de participación y servicio a los demás.
Tanto en las familias como en las escuelas es una práctica común establecer
"encargos" o tareas concretas en favor de los demás y con espíritu de
servicio.
Para
vivir la generosidad, lo primero que hemos de ser conscientes es de nuestra
capacidad de dar, de generar. Es decir, evaluar y valorar lo que poseemos
puesto que ello es lo que nos permite otorgarlo a los demás y ser generosos.
Hablar de generosidad y pensar en dinero o en cosas -es lo habitual- pero,
también poseemos tiempo, que vale más que el dinero; capacidad de escuchar,
comprender y perdonar; también podemos transmitir entusiasmo, alegría…
Así
mismo, podemos ser generosos, al dejarnos ayudar por los que nos rodean,
puesto que el dar les beneficia y a nosotros nos hace humildes y pacientes.
No somos autosuficientes, necesitamos de los demás, ello estimula la
generosidad de quienes nos quieren ayudar –sobretodo- si manifestamos
nuestra sincera gratitud a los que son generosos con nosotros. Hemos de
poseer una convicción profunda de que los demás tienen derecho de recibir
nuestro servicio siempre que verdaderamente lo necesiten y también, que los
demás tienen la obligación de ayudarnos cuando -en verdad- les necesitamos.
Estos principios se transmiten con el ejemplo y tienen un límite, el que sea
una ayuda necesaria, puesto que si no lo es, se convierte en una limitación
para el que la recibe.
La
justicia exige dar a cada uno lo suyo y la generosidad nos empuja a entregar
por amor, lo que nosotros poseemos y necesitan los que están con nosotros
porque, si les es necesario, ya no es para nosotros sino que ya les
pertenece. Existen disposiciones legales que así lo reconocen: el deber de
auxilio en carretera, la ayuda al náufrago, el deber de asistencia médica y
alimentaria…
Los derechos a la vida, a la enseñanza, a la salud… presuponen una actitud
generosa para con aquellos que no poseen los medios para alcanzarlos y eso,
eso, es de justicia.
También
es de justicia, ser generosos en la sonrisa, afables, cariñosos, alegres…
con los que nos rodean porque son personas, tienen sentimientos, corazón, y
el derecho de ser tratados como tales. Ello es de justicia y, supone nuestra
personal entrega en la vivencia de este valor de la generosidad. Es la
entrega de si mismo.
La
generosidad es contagiosa al igual que el egoísmo pero, ella conduce a la
felicidad, al amor. Sin embargo, el egoísmo nos lleva a la soledad, a la
tristeza, a la angustia. El egoísmo, fomentado por nuestra sociedad
hedonista y de consumo, ha de ser vencido por aquellos, que hacen del amor a
los demás, el motor que impulsa su generosidad.
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La autoestima:
El
cimiento del crecimiento personal y la base para alcanzar la felicidad
reside en la autoestima. Conócete a ti mismo, acéptate y quiérete. Este,
como los demás valores, se recibe de niños y hemos de fomentarlo desde
pequeños. Muy relacionado con la sinceridad, es un valor a veces manipulado
y por tanto falseado, si los que han de transmitir la autoestima engañan y
atribuyen cualidades u ocultan defectos que no se corresponden con la verdad
de lo que somos.
El autoconcepto y la
autoestima juegan un importante papel en la vida de las personas. Los éxitos
y los fracasos, la satisfacción de uno mismo, el bienestar psíquico y el
conjunto de relaciones sociales llevan su sello.
Tener un autoconcepto
favorece el sentido de la propia identidad, constituye un marco de
referencia desde el que interpretar la realidad externa y las propias
experiencias, influye en el rendimiento, condiciona las expectativas y la
motivación y contribuye a la salud y al equilibrio psíquicos. Toda la
persona tiene una opinión sobre sí misma, esto contribuye el autoconcepto y
la valoración que hacemos de nosotros mismos en la autoestima.
La autoestima de un individuo
nace el concepto que se forma a partir de los comentarios (comunicación
verbal) y actitudes (comunicación no verbal) de las demás personas hacia él.
La autoestima se aprende,
fluctúa y la podemos mejorar. Es a partir de los 5-6 años cuando empezamos a
formarnos un concepto de como nos ve nuestros padres, maestros, compañeros y
las experiencias que vamos adquiriendo.
La autoestima es el grado de
satisfacción consigo mismo, poniendo especial énfasis en su propio valor y
capacidad; es lo que la persona se dice a sí mismo. La autoestima incluye
dos aspectos básicos: el sentimiento de autoeficiencia y el sentimiento de
ser valioso, el sentido mas general el se competente y valioso para otros.
Desde muy pequeño y a partir
de sus experiencias, el niño se forma una idea acerca de lo que rodea y
también construye una imagen personal. Esta imagen mental es una
representación que, en gran medida, corresponde a las que a las otras
personas piensan de el o ella.
La valoración de la imagen
que el niño va haciendo de si mismo depende de la forma en que el va
percibiendo que cumple las expectativas de sus padres, en relación a las
metas y a las conductas que se esperen de él. Si el niño siente que sus
logros están de acuerdo con lo esperado, se irá percibiendo a sí mismo como
eficaz, capaz, competente… Se ira formándose el autoconcepto, surge la
necesidad de ser estimado por los demás y de estimarse a sí mismo.
Autoestima es saberse capaz de superarse, e imaginándose como va a llegar a
ser, tratar de comportarse como si ya lo hubiera conseguido. Poco a poco,
aquel que tiene confianza
en si mismo y autoestima, va creciendo y desarrollando las potencialidades
ocultas que existen en cada uno. El hombre se va haciendo a sí mismo en la
lucha por realizar la tarea que da sentido a su vida. Hemos de aceptar, y a
menudo se nos olvida, la capacidad que la persona tiene de
perfeccionamiento. El ser humano es un ser de esperanza, que confía en la
libertad del hombre por encima de los condicionantes que amenacen su
desarrollo como tal.
Siempre
es posible crecer como personas. Podemos crecer en sabiduría, en voluntad;
siempre es posible amar un poquito más, hacer más felices a los que nos
rodean. Lo “imposible” es justo el reto del hombre. Y lo es ahora, con toda
urgencia, cuando el mundo que nos rodea presenta la misión como totalmente
imposible. El hombre hasta el momento de su muerte es proyecto inacabado que
se está renovando y realizando cada día a golpe de decisión y libertad.
Creer en
el hombre es creer en nosotros mismos y, desde esa autoestima, realizar la
tarea para la que hemos nacido. Creer en nosotros nos lleva a creer en los
demás, en su posibilidad de cambio y por tanto, en la urgencia de ayudarles
a crecer y encontrar el sentido de sus vidas. Al hacerlo, y descubrirse a sí
mismos, comenzarán a quererse de veras, a creer en sí y sus posibilidades y,
casi sin darse cuenta, se pondrán a caminar alegres y arrastrarán con su
entusiasmo a aquellos que aún vacilan inseguros y descreídos.
Esta
virtud crece cada día mediante la revisión de los esfuerzos que realizamos
por mejorar y al contemplar los avances en nuestra lucha por erradicar
nuestros defectos. ¿Qué cosas he hecho bien hoy?... ¿En qué he
mejorado?...Paso a paso, vamos haciendo el camino que nos lleva a ser aquel
que -en potencia- somos.
La
autoestima es el bastón del caminante en la que nos apoyamos en nuestra
andadura y es tan importante para nosotros, como lo es para los demás.
¿QUÉ DISMINUYE LA AUTOESTIMA
DE LOS NIÑOS?
·
No satisfacer sus
necesidades básicas,
especialmente cuando observan que otros reciben más cariño, cuidados o
sustento.
·
Pasar por alto o
negar continuamente sus sentimientos
·
Sentirse rebajado,
ridiculizado o humillado.
("Sigues siendo un bebé, nunca has sido bueno en matemáticas, eres como tu
abuelo, cabezota y testarudo"...)
·
Verse obligado a
asumir una personalidad falsa para impresionar a los demás o para satisfacer
las propias necesidades.
("Cuando estés en el colegio no digas ni hagas..., como sueles hacer", "No
puedes ir con esas pintas, se te ve... ¿Qué crees que pensará la gente?")
·
Verse forzado a
realizar actividades inadecuadas.
Forzar a los niños a hacer cosas que resultan casi imposibles para ellos.
·
Verse
desfavorablemente comparado con los demás.
"Tú hermana jamás habría..." o "cuando teníamos tu edad, nunca..."
·
Recibir la impresión
de que sus opiniones o pareceres son insignificantes.
En particular con respecto a decisiones o cuestiones que le afectan
directamente.
·
No recibir
explicaciones razonables.
"Se hace porque lo digo yo"
·
Estar sobreprotegido.
"No puedes ir solo
pues, como te conocen, te darán gato por liebre"
·
Castigar más de la
cuenta, sobre
todo si reciben la impresión de que son intrínsecamente malos ("siempre has
sido un alborotador").
·
Recibir pocas normas
y orientaciones.
Especialmente si la falta de éstas lleva a los niños a cometer errores que
podrían haberse evitado y luego son humillados por cometerlos.
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Optimismo:
Junto a
la virtud de la autoestima debe caminar el optimismo. Creer en uno mismo y
en nuestras posibilidades es lo primero pero es necesario, además, tratar de
alcanzar lo mejor, en definitiva ser, siempre y en todo momento y lugar,
buscador de óptimos: OPTIMISTA. Este valor, muchas veces, criticado por los
“realistas” que no ven más que dificultades insalvables que les paralizan y
deprimen, es el fiel compañero que mantiene viva y en forma la autoestima.
El
optimista es una persona feliz, que se acepta como es y que pretende,
sencillamente, alcanzar lo mejor que en cada momento está a su alcance y es
posible obtener. Busca lo mejor para los que le rodean, consciente de que
sólo se obtiene la felicidad que hemos dado a los demás. Disfruta de lo que
tiene buscando la mejor calidad del momento, sin agobiarse tratando de
alcanzar mas de lo que tiene. Procura querer lo que tiene que hacer para
disfrutar del momento sacando lo mejor de cada tarea. Rechaza la envidia,
consciente de que ella le entristece y por ello, busca gozar de la fortuna,
del éxito de los que le rodean, como si fueran propios.
El
optimista rebosa alegría y entusiasmo, paciencia y esperanza; no se altera
ante los malos momentos e infortunios, porque piensa que tras la tormenta
siempre renace la calma. El buscador de óptimos sabe que lo mejor que puede
hacer para garantizar un futuro feliz, es serlo en el momento presente. No
se deja atrapar por sentimientos que le llegan rebozados de suave y dulce
melancolía porque ello perturba su presente. El optimista, no espera a que
cambien las circunstancias y las personas para afrontar y solucionar los
problemas sino, que se pone a realizar lo que puede para que ambas cambien.
El
optimista busca, con una mirada inteligente, lo que hay de bueno, de bello,
de amor…en las cosas y en las personas que trata cada día. Y ello, en cada
momento de su jornada, porque es un incansable buscador de óptimos, de lo
mejor que existe en la naturaleza, en las cosas y en las personas que le
rodean. El optimista goza con ello y así –sencillamente- es feliz. El
optimista se quiere a sí mismo, porque sabe apreciar todas las cosas buenas
que ha recibido y siente gratitud y gozo por ello.
El optimismo no
vacuna contra la pena o los problemas. Solamente nos enseña a enfrentar las
situaciones adversas. La gente optimista siempre encuentra el lado positivo:
el optimista es el que encuentra la verdad, el que ve las cosas en la justa
dimensión para poder enfrentarlas y enriquecerse en el proceso.
Los efectos del
Pesimismo, por el contrario son
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Se vive con más desesperanza y ansiedad, se plantea el peor de los
escenarios siempre.
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Tienen menos logros y rendimientos inferiores en trabajo, colegio,
relaciones humanas, rinde menos de lo que sus talentos le permite porque
enfrenta mal los problemas.
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Presentan más problemas de salud
Para educar el optimismo debemos
-
Practicarlo primero, es decir, ¡debemos tener para entregar!
-
Podemos seguir algunos pasos simples:
• Introducir una
“cuña” entre nuestras reacciones y nuestros pensamientos automáticos. Hay
que detenerse un segundo a pensar en otras alternativas.
• Dominar nuestro
lenguaje interno. Escuchar lo que nos decimos al enfrentar un problema y
cuestionarlo para ver si estamos siendo “realistas” o viendo todo “negro”.
• Hablarle a
nuestros hijos del concepto de pesimismo y optimismo para que puedan
reconocerlos cuando los vean. Incluir el concepto de la búsqueda de la
verdad (“... y la verdad os hará libres” Jn. 8,32b) para ver las cosas del
tamaño que son.
• Cuestionar lo
que nos presentan como verdades. Buscar las propias verdades. Investigar la
dimensión de las cosas que nos rodean. Por ejemplo, ¿Somos más violentos
ahora que hace 100 años? Para este proceso de descubrimiento, debemos actuar
como Sherlock Holmes buscando evidencia o como Hércules Poirot buscando
evidencia en contra. Se deben buscar alternativas, puntos de vista distintos
para la misma verdad.
• Debemos tener
la capacidad de construir escenarios: el malo, el bueno y el probable al
enfrentar un determinado problema. Esto nos permitirá tener un plan de
acción.
El
optimista es un entusiasta que vive las pequeñas cosas de cada día como una
apasionante aventura que él llena de amor y ello lo proporciona felicidad.
No espera grandes acontecimientos para moverse y vivirlos con intensidad
sino que hace de lo cotidiano algo intenso y vivo porque todo lo hace con
entusiasmo, buscando lo mejor de cada cosa y de cada instante.
El
entusiasmo confiere al optimista poder, fortaleza, tenacidad, y hace que su
talante resulte atractivo. Le hace sentirse orgulloso y responsable de su
trabajo. El entusiasmo del optimista es cálido y fuerte, se hace sonrisa,
crea ilusión y esperanza. El optimista busca el amor y lo encuentra al darlo
con entusiasmo. Pero el entusiasmo se nutre del amor y así, en compañía,
hacen feliz al hombre que busca la felicidad y la encuentra de la mano de
este valor tan inusual como necesario.
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Laboriosidad:
Junto a
la autoestima y el optimismo aparece un tercer valor que hemos de
desarrollar para alcanzar la felicidad que anhelamos, y lograr así, nuestra
propia realización personal: la laboriosidad. El hombre encuentra el sentido
de su vida en la realización de las tareas que su naturaleza, condición y
circunstancia le presentan como lo mejor que puede hacer. La dificultad que
presenta el adquirir este valor o fortaleza es que –poseerlo- cuesta
esfuerzo. Ser trabajador es laborioso, costoso, supone esfuerzo.
Es evidente que existe una
relación
entre esfuerzo y voluntad ya que, poseer una recia voluntad hace, que la
realización de las tareas que nos proponemos, suponga un menor esfuerzo. De
la misma manera que poseer fuerza muscular, hace que sea menos costoso
levantar pesos. Desarrollar la fuerza de voluntad ayuda a acometer con un
menor esfuerzo las labores que queremos y hemos de realizar. Desarrollar la
fuerza de voluntad hará mas fácil el desarrollo de esta fortaleza o valor,
que ha de proporcionarnos, que incluso los trabajos que realicemos nos
resulten fáciles y hasta placenteros. Conseguir una voluntad auténtica es el
objetivo y se logra de la misma manera que todos los valores, mediante
repetición de actos. Así un acto de la voluntad es tanto mas perfecto cuanto
menos esfuerzo exige, ya que mientras es necesario el esfuerzo, es porque
todavía no hemos logrado el control del acto voluntario. Nuestra voluntad es
poderosa gracias a los hábitos, gracias a los cuales hacemos de manera
automática aquello que hemos decidido anteriormente. Pero lograr una
voluntad fuerte sin esfuerzo, sin haber pasado antes por el ejercicio
costoso de repetir actos que van creando en nosotros “músculo mental”, es
imposible.
Decidir lo que se pretende
hacer, pasar a la acción, evaluar nuestros progresos en la obtención del
objetivo propuesto y realizar los cambios y adaptaciones necesarias
-insistiendo- hasta alcanzar el objetivo son los pasos en los que se templa
la voluntad. La voluntad se forja en el reiterado ejercicio de la misma
acometiendo los objetivos, por pequeños que sean, que nos hemos propuesto
alcanzar en las diferentes áreas del actuar humano. No importa la edad, cada
uno -en su circunstancia- tiene un proyecto, unas metas que quiere alcanzar,
en su lucha por lograr realizarlo es donde se forja su voluntad.
La autoestima y el optimismo,
valores que acompañan a la laboriosidad, son necesarios para perseverar y
alcanzar el éxito que pretendemos obteniendo esta fortaleza que llena y de
plenitud y satisfacción al hombre laborioso. La autoestima aporta esa fuerza
que da el saberse capaz de superarse, e imaginándose como va a llegar a ser,
tratar de comportarse como si ya lo hubiese conseguido. La autoestima crece
cada día al contemplar los avances en nuestra lucha por superarnos. El
optimismo nos hace buscar con una mirada inteligente lo que hay de bueno, de
bello, de amor...en las cosa y en las personas porque, el optimista es un
incansable buscador de óptimos, de lo mejor que hay en la naturaleza, en las
cosas, en las personas que nos rodean.
Es el trabajo de cada día es
el que nos educa al realizarlo con prontitud, cuidado y bien hecho, “que el
hacer las cosas bien importa mas que el hacerlas”. Él, va forjando este
valor de la laboriosidad, educando la voluntad. Y ello, al obtener el
autodominio
que
nos lleva, evitando el atractivo de lo fácil y cómodo, a superarnos,
realizando el esfuerzo necesario que precisa el deber bien hecho, el deber
cumplido. Poco a poco, se va haciendo el “músculo” mental necesario para que
-sin esfuerzo aparente- se vaya adquiriendo el valor de la laboriosidad.
Ser una persona trabajadora
es para el hombre un calificativo que le dignifica porque, el
trabajo
hace hombre al hombre. El trabajo tiene mala prensa; probablemente sea por
eso.
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Carmina
García-Valdés García
Pedagoga |
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