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El bien  que tiene quien se ejercita en la oración, hay muchos santos y buenos que lo han escrito…

De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que por males que haga quien la ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla por humildad; crean que no pueden faltar sus palabras; que en arrepintiéndonos de veras y determinándose a no ofenderle, se torna a la amistad que estaba, y hacer las mercedes que antes hacía y a las veces mucho más, si el arrepentimiento lo merece….

Y si persevera, espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo pagase; que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.

Digo que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración con decir: si torno a ser malo, es peor  ir adelante con el ejercicio de ella. Yo lo creo, si se deja la oración y no se enmienda el mal; mas si no la deja, crea que le sacará a puerto de luz.

Y que bien acierta el demonio, para su propósito, en cargar  aquí la mano. Sabe el traidor que el alma que tenga con perseverancia oración, la tiene perdida, y que todas las caídas que la hace dar, le ayudan, por la bondad de Dios a dar después mayor salto en lo que es su servicio: algo le va en ello.

…Y muy muchas veces tenía más cuenta con desear se acabase la hora, que tenía por mí de estar, y escuchar cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas…Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía, o mi ruin costumbre, que no fuese a la oración, y la tristeza que me daba en entrando en el oratorio, que era menester ayudarme de todo mi ánimo… para forzarme, y, en fin, me ayudaba el Señor. Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar.

Santa Teresa de Jesús

"Vida"

 

 

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Perseverar sin desanimarse

Encuentro con Dios

¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 
 
                 
               
   

 
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"El se retiraba a lugares solitarios

y se daba a la oración."

(Lc 5,16)

 

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Perseverar sin desanimarse

Encuentro con Dios

¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 

            Pio XII decía: se ha llamado espiritualidad del desierto a esa forma de espíritu contemplativo que busca a Dios en el silencio y en la negación de sí mismo.

 BÚSQUEDA DE DIOS

            Todos sus amigos le han buscado en el desierto, en la soledad...

            Búsqueda consciente del Dios presentido o intuido. O del Dios a quien ya se conoce y se ama. Búsqueda del Dios vivo del cual el alma tiene sed y cuyo rostro desea ver.

            Búsqueda de un Dios que llama y espera... un Dios que ama y perdona... que establece alianza con su pueblo y no le abandona en la estacada de sus propias rebeldías. Un Dios que vive en medio de su pueblo... Un Dios que salva...

            Dios sigue hablando y sigue llamando. Pero es el hombre quien debe crear las condiciones para oír su voz y quien tiene que marchar a su encuentro para ver su rostro.

 SILENCIO Y SOLEDAD

            La búsqueda de Dios sólo es fecunda en un ambiente de silencio y soledad.

            No basta, sin embargo, el silencio externo, el silencio de las cosas y de los hombres. Hace falta otro silencio más profundo, el que hacemos en nosotros mismos, el que nos despoja de las cosas que pueden llenar nuestra soledad y de los ruidos que pueden poblar nuestro silencio.

            En vano intentaríamos encontrar a Dios en el silencio exterior si no se ha hecho dentro, en el alma, ese otro silencio que permite escuchar el suave paso de Dios (I R l9,22).

 NEGACIÓN DE SÍ MISMO

            No basta el silencio. Hay que negarse a uno mismo. Aunque es posible que esta negación sea sólo una forma de ese silencio profundo de que antes hablábamos; el más profundo, el que hace callar a nuestro propio yo (Mc 8,34).

            Es la radical renuncia al yo propio, a todas las tendencias que brotan de él, para que se afirme Dios. Es la total donación de uno mismo.

 RETORNO AL MUNDO

            Estos hombres que han visto a Dios, que hablaron con Él... deben  volver a las ciudades de donde salieron, a los hombres de entre los cuales fueron llamados... porque tienen que revelarles la Palabra de Dios, descubrirles a Dios mismo.

            Esto es lo que los demás aguardan....

            Hombres corrientes... hombres y mujeres que no tienen ninguna cosa extraordinaria que decir... que se creen como los demás... que pasan en silencio, casi inadvertidos... Pero hombres y mujeres que fueron al encuentro de Dios, que vieron a Dios y escucharon su Palabra... que traslucen en sus rostros que estuvieron hablando con Dios.

  

(Extraído de ESPIRITUALIDAD DEL DESIERTO.

Vicente Serrano. STVDIVM Ediciones. 1968)

 

 
 
 
 
 
                 
               
   

 
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Encuentro con Dios

¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 

En último término no pretendemos otra cosa que la unión amorosa de nuestra voluntad con la de Dios, la entrega total de nuestro corazón, y estar junto al Padre, rendirle vasallaje y colocarnos cerca de él...

Debemos santificarnos y aspirar a progresar espiritualmente para así poder adorar y honrar más perfectamente a Dios, y para que el culto que le consagramos sea menos indigno de él.

 
 

 
 

Orar es, más bien, uno de los actos sobrenaturales de la voluntad, animados por el Espíritu Santo que vive y obra en nosotros: es en el fondo un acto por el que nosotros que somos hijos de Dios, nos dirigimos al Padre con obsequioso Amor para entregarnos a él y estar junto a él en amor, y, amándole, obedecerle y adorarle. El mismo amor que “se nos infunde en los corazones por el Espíritu Santo” (Rom 8, 19) junto con la Gracia Santificante, la gracia de la filiación divina, es lo que nos mueve a los hijos hacia el Padre. Queremos expresarle nuestro amor, nuestra entrega y veneración amorosa, nuestra alabanza que el amor nos sugiere, nuestra gratitud, admiración y alegría por su belleza, majestad y bondad, por su maravilloso gobierno del mundo, tanto del de la naturaleza como del de la gracia; queremos expresarle nuestra súplica filial, basada en la confianza que su amor y su bondad nos producen, y condicionada a los intereses y la voluntad del Padre que nos ama; queremos decirle nuestra palabra de arrepentimiento, que brota de un amor filial y de la conciencia de haber incurrido en culpa contra el Padre. Orar, es en su más íntima esencia, un acto de amor, y la oración es tanto más perfecta cuanto más se refleja en ella el amor, cuanto más se eleva el que ora del amor imperfecto al perfecto.

 
   

 
   

Por HÁBITO DE ORACIÓN hay que entender más bien la prontitud interior para la entrega amorosa a Dios, la sujeción filial a su santa voluntad y a las disposiciones de su divina providencia en todas las circunstancias de la vida. Es esa postura constante y esa decisión de la voluntad de aceptar todas y cada una de las cosas que Dios quiere de nosotros y de realizar con amor todo lo que nos sale al paso: ... “Si, Padre, porque así te agrada” (Mt 2, 26), “santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad”...

Benito Baur: En la Intimidad con Dios

 

 
                 
               
   

 
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Encuentro con Dios

¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 

POR ORACIÓN ENTENDEMOS AQUÍ UNA SECRETA E INTERIOR HABLA CON QUE EL ÁNIMA SE COMUNICA CON DIOS, ahora sea pensando, ahora pidiendo, ahora haciendo gracias, ahora contemplando, y generalmente por todo aquello que en aquella secreta habla se pasa con Dios. Porque aunque cada cosa de éstas tenga su particular razón, no es mi intento tratar aquí sino… de cómo es cosa muy importante que el ánima tenga con su Dios esta particular habla y comunicación.

Para prueba de lo cual, si ciegos no estuviesen los hombres, bastaba decirles que daba Dios licencia para que todos los que quisiesen pudiesen entrar a hablarle una vez en el mes o en la semana, y que les daría audiencia de muy buena gana, y remediaría sus males, y haría mercedes, y habría entre él y ellos conversación amigable de Padre con hijos. Y si diese esta licencia para que le pudiesen hablar cada día, y si la diese para que muchas veces al día, y si también para que toda la noche y el día, o todo lo que de este tiempo pudiesen y quisiesen estar en conversación del Señor, el lo haría por bueno, ¿quién sería el hombre, si piedra no fuese, que no agradeciese tan larga y provechosa licencia, y no procurase usar de ella todo el tiempo que le fuese posible, como de cosa muy conveniente para ganar honra, por estar hablando con su Señor; y deleite, por gozar de su conversación; y provecho porque nunca irían de su presencia vacíos?… Y PADRE NUESTRO ES, CON EL CUAL NOS HABRÍAMOS DE HOLGAR CONVERSANDO, AUNQUE NINGÚN PROVECHO OTRO DE ELLO VINIERA.

Y débeos bastar, que usaron este ejercicio todos los santos. Porque, como san Crisóstomo dice, “¿quién de los santos no venció orando?”. Y el mismo dice: “No hay cosa más poderosa que el hombre que ora”. Y BASTARNOS DEBE, Y SOBRAR, QUE JESUCRISTO, SEÑOR DE TODOS, ORÓ en la noche de su tribulación, aun hasta derramar gotas de sangre. Y oró en el monte Tabor, para alcanzar el resplandor de su cuerpo. Oró primero que resucitase a san Lázaro; y a veces oraba tan largo que se le pasaba toda la noche en oración. Y, después de una tan larga oración como ésta, dice san Lucas que eligió entre sus discípulos número de doce apóstoles. En lo cual, dice san Ambrosio, nos dio a entender lo que debemos hacer cuando quisiéremos comenzar algún negocio, pues que en aquel suyo primero oró, y tan largo.

Y por esto debiera decir san Dionisio que EN PRINCIPIO DE TODA OBRA HEMOS DE COMENZAR POR LA ORACIÓN. San Pablo amonesta que entendamos con instancia en la oración; y el Señor dice que conviene siempre orar, y no aflojar; que quiere decir, que se haga esta obra con frecuencia, diligencia y cuidado. Porque los que quieren valerse con tener cuidado de sí en hacer obras agradables a Dios, y no curan de tener oración, con sola una mano nada, con sola una mano pelean, y con solo un pie andan. Porque el Señor, dos nos enseñó ser necesarios, cuando dijo: Velad y orad por que no entréis en tentación.

Cosa cierta es que de la conversación de un bueno se sigue amarle y concebir deseos de virtud; y, si con Dios conversásemos, con mucha más razón podríamos esperar de su conversación estos y otros provechos, a semejanza de Moisés, que de la tal conversación salió lleno de resplandor.

Y NO POR OTRA COSA ESTAMOS TAN FALTOS DE MISERICORDIA PARA CON LOS PRÓJIMOS, SINO PORQUE NOS FALTA ESTA CONVERSACIÓN CON NUESTRO SEÑOR. Porque el hombre que estuvo de noche postrado delante de Dios, pidiéndole perdón y misericordia para sus pecados y necesidades, claro está que, si de día encuentra con otro que le pida lo que él pidió a Dios, que conocerá las palabras, y se acordará de con cuanto trabajo él las dijo a nuestro Señor, y con cuanto deseo de ser oído, y hará con su prójimo lo que quería que Dios hiciese con él.

Y quiéroos avisar del yerro de algunos, que piensan que, porque dijo san Pablo: Quiero que los varones oren todo lugar, no es menester orar despacio, ni en lugar particular, sino que basta mezclar la oración entre las otras obras que se hace. Bueno es orar en todo lugar, mas no nos hemos de contentar con aquello, si hemos de imitar a Jesucristo nuestro Señor, y a lo que sus santos han dicho y hecho en el negocio de la oración. Y aun tened por cierto que NINGUNO SABRÁ PROVECHOSAMENTE ORAR EN TODO LUGAR, SINO QUIEN PRIMERO HUBIERE APRENDIDO ESTE OFICIO EN LUGAR PARTICULAR Y GASTADO EN ÉL ESPACIO DE TIEMPO.

SAN JUAN DE AVILA

Audi, Filia (Cap. 70)

 

 

 
 
 
 
                 
               
   

 
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Encuentro con Dios

¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 

 

[Nuestro Señor] Me habéis pedido más de una vez como es necesario orar, hijos mío, y Yo os lo he hecho ver… La oración es la conversación con Dios, es la llamada de vuestro corazón a Dios. Es necesario, pues, que ella sea una cosa absolutamente natural, absolutamente verdadera, la expresión de lo más hondo de vuestro corazón… No son los labios los que deben hablar, no es vuestra mente, es vuestra voluntad… Vuestra voluntad, extendiéndose, manifestándose en toda su bondad, su desnudez, sinceridad, sencillez, a su Padre y presentada por vosotros mismos delante de Él, he aquí lo que es la oración; esto no pide frecuentemente ni mucho tiempo ni muchas palabras  y pensamientos; esto varía: unas veces será un poco más larga, otras mas corta… Según los deseos de vuestro corazón…; si ellos son sendillos, una palabra bastará para expresarlos; si son más complicados, os serán necesarias algunas frases para expresarlos… de todas formas, es el estado de vuestro corazón el que expresáis…; el estado del corazón, con sus imperfecciones, sus desordenadas ataduras, no es el estado de vuestro corazón rectificado por vuestra voluntad, el estado del corazón, tal como queréis que sea, suprimiendo todo lo que no admitís, lo que os repugna; la oración es, pues, la petición de lo que queréis de lo que deseáis con la ayuda de la gracia, de lo que queréis para Dios.

Orad así, velad todo lo que Yo quiero, solo lo que quiero, como lo quiero y en la medida en que lo quiero: «¡Padre mío, que se haga vuestra Voluntad!» Esta es la oración que haréis eternamente en el Cielo...

Todo lo que desea Dios, y, por consiguiente, todo lo que deseáis, lo que quiere Dios y lo que queréis, encuentra comprendido en estas palabras: «Padre mío, que se haga vuestra Voluntad...»

La oración es la conversación del alma con Dios, es el estado del alma, que mira a Dios sin una palabra, únicamente ocupada en contemplarla, diciéndole que ella le ama, por sus miradas, todo y teniendo mudos los labios y el pensamiento… La mejor oración es aquella en la que hay más amor,  Es tanto mejor cuanto más cargadas de amor están las miradas del alma, cuanto más tiernamente y amorosamente se siente el alma delante de Dios. La oración, en la acepción más amplia de la palabra, puede ser o una contemplación muda o una contemplación acompañada de palabras… Palabras de adoración, de amor, de ofrenda de sí mismo, de donación de todo su ser; palabras de acción de gracias, de la felicidad de Dios, de los favores hechos a uno mismo y a las otras criaturas… Palabras de sentimiento, de reparación de los pecados propios o de los demás… palabras de petición...

Hijos míos: en la oración lo que Yo quiero de vosotros es el amor, el amor, el amor.

Además del tiempo que debéis consagrar cada día únicamente a la oración, debéis durante el resto de vuestras jornadas elevar lo más frecuentemente que os sea posible vuestra alma hacia mí; según el género de vuestras ocupaciones, podéis, entregándoos a ellas, o bien pensar constantemente en mí, como ocurre el algunos trabajos puramente manuales, y en el caso de que no podáis levantar los ojos hacia mí de cuando en cuando, que esto sea lo menos a menudo posible. Sería bien dulce y justo poderme contemplar si cesar... No perderme de vista nunca; pero esto no es posible en este mundo a los hombres ordinarios; no lo podréis hacer más que en el Cielo. Lo que podéis y debéis hacer es duran el tiempo que empleáis en otras ocupaciones que no sea la oración levantar los ojos del alma hacia mí, tan a menudo y amorosamente cono podáis, y aun trabajando, guardar mi pensamiento en vuestra mente, cuanto os sea posible, según vuestro género de trabajo… De esta manera oraréis sin cesar, continuamente, tanto como esto es posible a vosotros, pobres mortales.

Orar es sobre todo pensar en mí, amándome… Cuanto más se me ama, más se ora. La oración es la atención amorosa del ama fijada en mí: Cuanto la atención es más amorosa, mejor es la oración.

Carlos de Foucauld

Escritos Espirituales

 

 

 
 
 
                 
               
   

 
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¿Qué pretendemos al Orar?

El Ejercicio de la Oración

La Mejor Oración

Qué es la Oración

 

 

 

La oración parece ser esencialmente una tensión del espíritu hacia el substratum inmaterial del universo.

De una manera general consiste en una queja, en un grito de angustia, en una llamada de socorro, y, a veces, se convierte en una serena contemplación del principio inmanente y trascendente de todas las cosas.

Podemos igualmente definirla como una elevación del alma hasta Dios o como un acto de amor y de adoración para con Aquél a quien se debe este prodigio que se llama vida.

En realidad, la oración representa el esfuerzo del hombre para comunicarse con un ser invisible, creador de todo lo que existe, suprema sabiduría, fuerza y belleza, padre y salvador de todos y de cada uno de nosotros.

Lejos de consistir en una simple recitación de fórmulas, la verdadera oración representa un estado místico en el cual la conciencia se absorbe en Dios. Este estado no es de naturaleza intelectual y por eso se conserva inaccesible e incomprensible a filósofos y sabios. De la misma manera que el sentido de lo bello y del amor, no exige ningún conocimiento libresco.

Las almas sencillas sienten a Dios tan naturalmente como experimentan el calor del sol el perfume de una flor. Mas este Dios tan abordable para aquél que sabe amar, se oculta en cambio ante quien no sabe comprenderle.

El pensamiento y la palabra se sienten impotentes cuando intentan describirle. Por eso la oración encuentra su más alta expresión en un arrobo de amor a través de la noche oscura de la inteligencia.

 
   
   
   

¿Cómo se debe orar? Hemos aprendido la técnica de la oración con los místicos cristianos desde San Pablo de Tarso hasta San Benito de Nursia, y hasta esa multitud de apóstoles anónimos que durante veinte siglos, iniciaron a los pueblos de Occidente en la vida religiosa.

El Dios de Platón era inaccesible en su grandeza. El de Epicteto confundíase con el alma de las cosas. Jehová era un déspota oriental que inspiraba temor y no amor. El cristianismo, por el contrario, colocó a Dios al alcance del hombre. Le dio un rostro, le hizo nuestro padre, nuestro hermano, nuestro salvador. Para llegar hasta Dios no hay necesidad de un ceremonial complicado ni de sacrificios cruentos. La oración se convierte de este modo en un acto fácil y de prácticas sencillas.

Para orar basta solamente el esfuerzo que intentamos hacer para elevarnos a Dios. Tal esfuerzo debe ser afectivo y no intelectual.

Una meditación sobre la grandeza de Dios, por ejemplo, no es una oración, a no ser que sea al mismo tiempo una expresión de amor y de fe. Y así, la oración, según el método de La Salle, parte de una consideración intelectual que inmediatamente se convierte en afectiva.

Sea corta o larga, vocal o sólo mental, debe ser siempre la súplica semejante a la conversación que una criatura tiene con su pare. «Cada una se manifiesta conforme es», decía en cierta ocasión una humilde Hermanita de la Caridad que desde hacía treinta años consagraba su vida al servicio de los pobres. En resumen: se reza, como se ama, con todo nuestro ser.

En cuanto a la forma de la oración, ésta varía desde la breve elevación a Dios hasta la contemplación, desde las simples palabras pronunciadas por la campesina que se arrodilla ante Dios en la encrucijada de los caminos hasta la magnificencia del canto gregoriano bajo las bóvedas de una espléndida catedral. La solemnidad, la belleza y lo grandioso no son necesarios para la eficacia de la oración.

Muy pocos hombres han sabido orar como San Juan de la Cruz o como San Bernardo de Claraval. Mas no es preciso emplear una gran elocuencia para ser escuchado.

Cuando se aprecia el valor de la oración por sus resultados, nuestras más humildes palabras de súplica y alabanza parecen tan aceptables al Señor de todo lo creado como las más bellas invocaciones.

Fórmulas recitadas mecánicamente son también, en cierto modo, una oración. Sucede lo mismo que con la llama de un cirio. Basta para ello que esas palabras sin vida y esa llama material simbolicen el impulso de un ser humano hacia Dios.

También se puede orar por medio de la acción. San Luís Gonzaga afirmaba que el cumplimiento del deber es equivalente a una plegaria. La mejor manea de comunicarse con Dios es, sin duda alguna, cumplir íntegramente su voluntad: Padre nuestro, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo ... »

Ahora bien, hacerla voluntad de Dios consiste, evidentemente, en obedecer las leyes de la vida tal como se encuentran grabadas en nuestros tejidos, en nuestra sangre y en nuestro espíritu.

Las oraciones que se elevan como una espesa nube desde la superficie de la tierra, difieren tanto unas de otras como la personalidad de los seres que rezan. Pero consiste en variaciones sobre dos mismos temas: la amargura y el amor.

Es completamente justo implorar el auxilio de Dios para obtener aquello que necesitamos. No obstante, sería absurdo pedir la realización de un capricho o aquello que depende de nuestro propio esfuerzo. La petición constante, obstinada y tenaz obtiene un feliz resultado. Un ciego sentado a la vera de un camino lanzaba sus súplicas en voz cada vez más alta, a pesar de que las personas que le escuchaban le ordenaban callar. «Tu fe te ha curado», le dijo Jesús al pasar.

En su forma más elevada la oración deja de ser una súplica. El hombre manifiesta al Señor de todo lo existente que le ama, que le agradece sus bondades, y que está dispuesto a cumplir su voluntad sea cual fuere. El rezo se convierte de esta manera en contemplación. Un viejo campesino se hallaba sentado solo en el último banco de una iglesia vacía. «¿Qué esperáis?» -le preguntaron- «Yo le miro -respondió el interpelado- y El me mira».

El valor de una técnica se mide por sus resultados. Toda técnica de oración es buena cuando pone al hombre en contacto con Dios.

¿Dónde y cuándo se debe orar? Se puede orar en todas partes: en la calle, en automóvil, en tren, en la oficina, en la escuela, en la fábrica. Pero donde mejor se puede hallar a Dios es en contacto con la Naturaleza: en el campo, en las montañas, en los bosques o en la soledad de la habitación.

Existen también las oraciones litúrgicas que se practican en la iglesia. Mas sea cual fuere el lugar de la oración, Dios no habla al hombres hasta que éste no ha logrado establecer la calma en sí mismo.

La paz interior depende al mismo tiempo de nuestro estado orgánico y mental y del medio en que nos desenvolvemos habitualmente. La paz del cuerpo y del espíritu es difícil de conseguir en medio del bullicio, de la confusión y disipación de las ciudades modernas.

Hoy en día existe una gran necesidad de lugares destinados a la oración, y éstos son preferentemente las iglesias, donde los habitantes de las ciudades puedan encontrar, aunque sea durante un breve momento, las condiciones físicas y psicológicas indispensables para lograr la paz interna.

No sería difícil ni costoso crear unas islas de calma acogedoras y bellas en medio del tumulto de las grandes capitales. En el silencio de estos refugios podrían los hombres, elevando sus pensamientos a Dios, reposar sus músculos y sus órganos, distender el espíritu, aclarar el raciocinio y recibir la fuerza suficiente para soportar la dura  vida con que los abruma nuestra civilización.

Sólo acostumbrándose a ello, la oración influye sobre el carácter. Es por lo tanto necesario rezar con frecuencia. «Piensa en Dios más veces que las que respiras» decía Epicteto. No obstante sería absurdo que orásemos por la mañana y el resto del día nos portásemos como salvajes.

Pensamientos brevísimos o invocaciones mentales pueden ayudar al hombre a mantenerse en la presencia de Dios, ya que toda nuestra manera de proceder estaría entonces inspirada por la oración.

Así entendida la súplica se convierte en una norma de vida.

Dr. Alexis Carrel