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Agua Viva

La Navidad. Contemplación

Conocer a Dios ¿tarea imposible para el hombre?

Cristiano: Luz del mundo

El Silencio

 Maestro ¿recuerdas? El último día de la fiesta de Sukkot, por la mañana, cuando desde la fuente de Siloé subían los sacerdotes, en ánforas doradas, el agua para las libaciones en el Templo impetrando la lluvia para la sementera, tú, en el atrio, gritaste: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba (Jn 7,37).

Por eso, hoy yo vengo a ti con mi sed y mi cántara de barro vacía, como pobre samaritana, para pedirte el agua, el agua viva que se hará en mí manantial.

Tú, Maestro, eres ese agua viva:

tu palabra que corre por los surcos abiertos de mi vida, que apaga mi sed y promete un mar de doradas espigas;

tu oración en la noche y la soledad, bajo la luz de las estrellas, o en el día bajo la luz del sol; esa oración tuya que me abre horizontes de esperanza y caminos hacia Dios;

tu trabajo en el silencio de tu aldea perdida; trabajo de tus manos, sudor de tu frente, que me anima a construir contigo un mundo distinto, el mundo que tú soñaste;

tu vida toda que me invita a seguirte, que marca mi camino y deja en él tus huellas, el eco de tus pasos.

¿Por qué te digo esto?

Yo sé, Maestro, que tú esperas siempre, cansado también del camino, sentado junto al pozo de cualquier aldea o de cualquier sendero. Mira mi cántara vacía, llénala de tu agua para que no tenga más sed.

Pero ¿no oyes?... Escucha...  Está brotando ya tu agua entre las arenas de mi corazón.

 

Vicente Serrano

       

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La Navidad. Contemplación

Conocer a Dios ¿tarea imposible para el hombre?

Cristiano: Luz del mundo

El Silencio

Para comprender este Misterio debemos situarnos e interiorizar lo que vemos con los ojos despiertos de nuestro corazón. Estamos no ante un belén con figuras de barro cocido, con un portal o cueva hecho con trozos de corcho y al fondo montañas de papel nevado con harina, sino ante el belén real, con protagonistas reales de carne y hueso como nosotros y recordar que esto es una contemplación.

I. Camino de la Navidad

Nos encontramos en Nazaret. Mirad a esa pareja que se dispone a hacer el mismo camino que nosotros queremos hoy hacer.

Ella es muy joven, se llama Miriam: tiene signos evidentes de una avanzada maternidad. Por esto y porque el camino es largo y no fácil ha montado en un borriquillo.

Él, su esposo, es también joven y se llama Yosef. Su aspecto es de un artesano, pero artesano de esta aldea escondida y casi olvidada entre las montañas de la Baja Galilea. Ha cogido el ronzal del asno y lo va a conducir… Han empezado el largo camino. Van despacio. De vez en cuando mira a la joven esposa y le pregunta si va bien.

Se dirigen hacia Belén, una aldea cercana a Jerusalén. De ella procedían sus antepasados que, según se dice, fueron reyes. Aunque esta joven pareja tiene pocos aires de grandeza y títulos reales.

El motivo de su viaje es que Roma, que domina desde hace unos 30 años el territorio de Judea, ha mandado empadronarse a todos los súbditos en su lugar de origen.

El camino es largo, más largo por el obligado y lento caminar del asno. A todos nos gustaría saber si harán alguna parada en el camino; si se unirán a alguna caravana para evitar la soledad; si dormirán en alguna posada, en un “ham”, en cualquier rincón resguardado o bajo algún árbol, esperando el amanecer. Pero son curiosidades o preguntas sin respuesta. Ellos no se las han planteado. Apremiaba salir y no pensaron más.

Hará unos nueve meses que ella recibió un mensaje del cielo y dijo Sí, a Dios. Es posible que entonces no supiera lo que este Sí significaba. No esperaba ni soñaba con tal mensaje, se turbó, pero dijo: Sí.

Tampoco Él conocía las exigencias de su difícil misión, pero la aceptó y llevó a su casa a su mujer encinta.

Todo lo que después suceda es consecuencia de este Sí.

Sí ha sido tener que abandonar su aldea y su humilde casa; el ambiente y el marco que siempre han conocido.

Sí, ponerse en camino con sus pocas y pobres pertenencias.

Sí, iniciar este éxodo hacia lo imprevisto a un lugar que no  conocen.

Sí, el largo camino lleno de dificultas y peligros.

Sí, las dificultades, los peligros, el cansancio, las privaciones.

Caminemos con ellos hacia la Navidad.

II. Belén

Después del largo viaje, cansados, llegan a Belén, cuna de sus antepasados. Se dice, como hemos recordado, que fueron reyes. Pero ¡han pasado tantos siglos! ¡Y han pasado tantas cosas! ¿Quién puede acordarse? No parece que ellos lo sepan o lo hayan oído en sus tradiciones familiares. Tal vez se haya perdido el rastro. Ellos son una familia sencilla, normal, de una aldea de Galilea; una familia, como tantas otras, que tienen sus sueños, los de cada día, sus alegrías, sus cansancios, sus esperanzas. Su pobreza.

En Belén no conocen a nadie, no tienen familiares. Buscan albergue. Como todos los peregrinos o forasteros se dirigen al único albergue o “ham”. A ellos les urge. José se adelanta y observa. Se preocupa. No es el lugar… mercaderes, animales, mercancías, hombres y mujeres todos revueltos… voces, ruidos, fuertes olores de animales y de humanidad… No es el lugar.

Ella está callada, pero, sin duda, piensa también que aquel no es el lugar para el Hijo que está a punto de nacer. Tampoco para ella y para el momento único que va a vivir.

José busca y al fin encuentra un cobertizo abandonado a las afueras de la aldea. Tal vez en algún tiempo guardó ganado, pues hay un pesebre, pero ahora está vacío. No es muy acogedor, pero, al menos, no hay ruido, ni voces destempladas, ni los olores del “ham”, ni el revoltijo de hombres, mujeres y animales del “ham”.

Tal vez esto fue una premonición, aunque ellos no lo supieran ni lo imaginaran. Cuando el Niño que va a nacer sea hombre diría: “Yo soy el buen Pastor”. Por esto tuvo que nacer en un redil, como habían nacido otros pastores.

Miran despacio y, por fin, entran.

Están cansados. Se sientan después de haber descargado su pequeño hatillo. Esperan. La noche ha llegado. Hay muchas estrellas en el cielo. Hay también silencio: el de la noche, el de las estrellas, el del cobertizo, el del matrimonio al que le ha llegado el momento.

III. El Misterio

Tiempo de contemplación. Sobran las palabras, palabras que nada podrán explicar.

Para penetrar en el Misterio, es preciso conocer el marco; el tiempo, el lugar… Forma parte del Misterio. En él conoceremos mejor a las personas.

1.- El tiempo. Nada sabemos: ni la hora, ni el día, ni el mes ni el año. Lo que sí sabemos es que nació. Esto es lo importante. Tal vez fue en la noche llena de estrellas, como una nueva estrella para iluminar la noche del mundo.

2.- El lugar. Lo estamos viendo. Un viejo cobertizo para resguardar el rebaño. Nada hay fuera de un pesebre y algunos montones de paja que dejaron algunos pastores y la soledad, y el silencio y la noche y las estrellas…

Es posible que en el “ham” a estas mismas horas haya mucho movimiento, voces destempladas, olor espeso de hombres y animales. Pero no llegan al cobertizo ni el olor, ni las voces: sólo llegan el silencio y el frío de la noche.

3.-  Las personas

Primero el Niño que ya ha nacido y su Madre ha envuelto en pañales que traía preparados… lo ha acostado en el pesebre, sobre un montón de paja que José encontró en un rincón.

No tenían otra cuna. En Nazaret le había hecho una José con mucho amor, pero tuvieron que dejarla… Y aquí… Aquí sólo hay esto: un pesebre.

Esta será su cuna; ¡la cuna de un descendiente de reyes!... O tal vez sea la cuna del pastor que habrá de ser…

Mientras los contemplamos en silencio nos llegan unas palabras que Él cuando fue mayor pronunció en cierta ocasión en un monte rodeado de campesinos y pescadores, palabras que quedaron para siempre en el aire: “Bienaventurados los pobres…”

Otro día se le acercó un escriba que quería seguirle, le dijo: “Las raposas tienen sus madrigueras y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tienen donde reposar la cabeza”... ¡Felices los pobres!... No tiene donde reposar la cabeza…

Pero esta noche sí tiene donde reposarla: en la cuna improvisada, el pesebre con olor a paja, y en el dulce regazo de su Madre.

El Niño llora, duerme, llora…

La Madre le mece, le acaricia y le da calor, le besa, le arropa…

La noche es fresca y ha penetrado en el cobertizo…

La Madre mira al Niño, no piensa en ella… Nunca piensa en ella. ¡Ha soñado tantas veces con su Hijo desde que le sintió latir en sus entrañas!... ¡Le daría tantas cosas!... Sobre todo, su amor.

Pero nunca pensó en algo como esta noche: lejos de su aldea, de su hogar… No comprendía. Recordaba las palabras del mensaje del cielo, miraba a su alrededor y seguía sin comprender… Guardaba silencio, y en su silencio volvía a decir: Sí… Como aquel día en Nazaret.

Pero sus recuerdos, sus pensamientos, su incomprensión los guardaba en su corazón.

No podía dar a su Hijo lo que tantas veces había soñado porque aquí nada tenía. No es que tuviera muchas cosas en Nazaret, pero aquí, nada…

Pero podía darle su amor, su calor, sus besos, su vida… Su vida, cuando el Niño llore y tenga hambre… Se la daba pero no llegaba la luz, seguía sin comprender.

O tal vez ella si comprendió, y quienes no comprendemos somos nosotros. Ella, aquel día recordado había dicho: “Aquí está la esclava del Señor…”

Y como una esclava, nada pidió entonces y nada pide ahora… Pero da amor, su amor…

Un eco del amor de Dios que envía a su Hijo para salvar al mundo y nace de una mujer, en un establo. Son las paradojas de Dios.

José anda algo nervioso. En un rincón del cobertizo ha dejado al asno. Mira, remira, hace un gesto de impotencia. Nada puede cambiar. Piensa en su casa de Nazaret. Hubiera sido todo tan distinto. Pero aquí… Además la soledad, la noche, el frío de la noche… el Niño…

En un rincón encontró paja para la cuna del Niño y para el asno.

Mira al Niño dormido, mira a la Madre. A veces se sienta junto a ellos. Quisiera que la Madre durmiera, está cansada. La mira y piensa que es muy bonita…

La noche es muy larga y también el silencio… La Madre se ha quedado adormecida. También José. Mientras llega la luz del día… Aquí termina nuestra contemplación.

IV. Después de la contemplación

Cuando dejamos de mirar al Misterio nos vienen los recuerdos, recuerdos de hoy mismo, de ayer, de muchos años y no comprendemos… No comprendemos lo que hemos visto, no acabamos de comprender el Misterio de la Navidad, no acabamos de comprender a Dios ¿O le hemos comprendido alguna vez?

Dios se nos muestra de una manera muy cercana a nosotros, como un niño, en un Niño… pero en un Niño que nace en un establo y tiene por cuna un pesebre… ¿Y sus padres?... Pero nosotros no lo aceptamos y nos figuramos un Dios distante, revestido de honores y grandeza humana…

Tal vez, por esto tratamos de olvidar la verdadera Navidad e inventamos una nueva Navidad, una Navidad de luces, de colores, de músicas y ruidos, de voces destempladas, de comidas… ¡una Navidad pagana! Como la de aquella noche en el “ham”.

Mas al mirar de nuevo al Misterio, antes de marcharnos, nos damos cuenta de que nuestro lugar está en el cobertizo junto al Niño, junto a la feliz Madre, junto a José… y que con ellos nuestra noche, la noche sin luz del mundo será menos fría y menos larga. Será también Navidad.

Vicente Serrano

 

       

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Conocer a Dios ¿tarea imposible para el hombre?

Cristiano: Luz del mundo

El Silencio

Conocer a Dios e incluso ser semejante a Él es anhelo universal del hombre, sin embargo, cuando se pone a ello las dificultades se multiplican. Incluso acudiendo a la Escritura pueden encontrarse afirmaciones contradictorias o desconcertantes.

En el Evangelio según San Juan se afirma: “A Dios nadie le ha visto jamás” (Jn 1,18). Y el autor de la primera carta a Timoteo insiste; “Ningún hombre le vio ni le puede ver” (I Tim 6,16) ¿Significa esto que nada podemos saber acerca de Dios?

En el prólogo del cuarto Evangelio se dice también: “Dios unigénito que está en el seno del Padre, ese nos lo ha dado a conocer” pues “se hizo hombre y acampó entre nosotros” (Jn 1,14)

Una pregunta

La pregunta inmediata es ¿Qué es lo que nos ha dado a conocer el Unigénito de Dios?

Y una respuesta

La respuesta está en las palabras que Jesús dijo a Nicodemo en su entrevista nocturna en Jerusalén: “Tanto ama Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito... No lo ha enviado para juzgar al mundo, sino para salvarlo” (Jn 3,16-17; 12.47). Este es el tema base de su mensaje, un mensaje que irá repitiendo a lo largo de su vida pública.

Otros datos

Pero también dirá que Dios es su Padre y nuestro Padre, y que debemos dirigirnos a Él llamándole así (Mt 6,9ss; Lc 11,25).

No es necesario traer más citas de los momentos en que Jesús habló del amor de Dios. Las encontraremos a cada paso al leer el Evangelio.

Las parábolas de la alegría

Quiero, sin embargo, destacar tres parábolas que nos retratan a Dios y su amor: las de la oveja y la dracma perdidas y la de hijo que abandona la casa paterna para vivir su vida (Lc 15,7ss). Con ellas Jesús responde a las críticas de ciertos fariseos que le acusaban de comer con publicanos y pecadores, pero también justifica su comportamiento porque es el comportamiento de Dios, su Padre.

En estas parábolas hay una idea que las une: la alegría por la oveja y dracma encontradas; alegría por la vuelta del hijo. Una alegría que simboliza la de Dios: En el cielo será mayor la alegría por un pecador que se convierta... (Lc 17,7)

La conclusión

Pero hay también una exclamación que brota espontánea al leerlas: Así es Dios. Efectivamente, así es Dios, el Dios único de todos los hombres que nos enseño Jesús.

 

A Dios nadie le ha visto y nadie le puede ver (Jn 1,18; I Tim 6,16) a pesar de que en la Biblia se lee que tal o cual personaje le ha visto o ha hablado en Él cara a cara. Sólo Cristo nos lo ha revelado.

Abrir los ojos del corazón

Pero podemos atisbarle y sentir su paso por nuestra vida, como sentimos el paso del aire, aunque no lo veamos. Lo podemos sentir y ver en la naturaleza que nos rodea. Mas para ello hay que tener abiertos los ojos, más que los de la cara, los del corazón.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor

Podemos verle en las amanecidas cuando el valle se va llenando de la luz que baja de los montes, o en el silencio profundo del atardecer cuando la última luz acaricia la cresta de los montes.

En los días de sol y cielo transparente y en los días de nubes y lluvias o en los días de nevada, cuando un manto de nieve cubre todo y silencia todos los ruidos.

En los días de tormenta cuando los relámpagos rasgan la oscuridad que cubre el valle y los truenos parecen enormes peñascos que cayeran rodando por las faldas de los montes.

Aves del cielo, bendecid al Señor

En la contemplación de los pájaros, de los insectos, de las abejas. En la contemplación de las numerosas, sencillas y bellas flores que nacen en las laderas de los montes y embellecen los bordes de los caminos.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor

En el olor del campo y de la tierra mojada después de la lluvia.

Cielos, bendecid al Señor

Y sobre todo, en la contemplación del cielo profundo y oscuro en el que la imaginación se pierde entre el aparente polvo de las innumerables y lejanísimas estrellas de la noche.

Bendiga la tierra al Señor

Si, la naturaleza nos descubre y, en cierto modo, nos hace ver a Dios, el Dios que habita una luz inaccesible.

 

Silencio y soledad van unidos y son componentes de una espiritualidad del desierto: son el marco en que Dios puede manifestarse, el ámbito en que podemos “ver” a Dios.

Jesús amaba el silencio y la soledad

Jesús solía retirarse a lugares solitarios para su encuentro con Dios, no sólo después de la teofanía del bautismo, para descubrir el sentido de esa llamada y el rumbo de su vida. Sino también durante su vida pública. Era como si sintiera la necesidad de la soledad y del silencio.

Silencio exterior

En las grandes ciudades modernas, aunque parecen un desierto, no se dan generalmente las condiciones para el encuentro con Dios: hay demasiado ruido y los hombres parece que se sienten masa.

Pero en el silencio y la soledad de la naturaleza siempre hay la posibilidad y las condiciones para tal encuentro. La soledad en un paisaje en que pueden pasar horas y horas sin ver a nadie: las largas horas de silencio en las que lo único que oyes es el mismo silencio.

Silencio del corazón

Mas no basta el silencio y la soledad exteriores: son necesarios también el silencio y la soledad del corazón. Sin estas es imposible captar la presencia de Dios y escuchar su voz que es como un susurro.

No es posible ver a Dios, pero si lo es notar su paso por nuestra vida y escuchar su voz. Es posible, si hay silencio en nuestro corazón.

 

A Dios le podemos encontrar también en el trabajo de cada día, en ese trabajo que a veces hacemos como una rutina o lo consideramos como una carga, ese trabajo sencillo, escondido, sin publicidad que puede ser fuente de desarrollo humano y de encuentro con Dios.

Jesús, el Hijo de Dios: trabajador en una aldea perdida

Recordemos a Jesús durante los llamados años oscuros, es decir, su vida en Nazaret, una aldea de pastores perdida entre las montañas de la Baja Galilea. Jesús no fue más Hijo de Dios en su vida pública como anunciador itinerante de la llegada del Reino de Dios, que en los años de su vida oculta en Nazaret.

El Evangelio dice que crecía en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52). Sin duda, cuando tuvo la edad, como cualquier muchacho israelita, aprendería un oficio, el oficio de su “padre”. Todos le conocían en Nazaret como el Hijo de José (Lc 4,22; Jn 1,45), el carpintero, el hijo de María (Mc 6,3), el hijo del carpintero (Mt 13,55).

No es ejercicio de imaginación decir, aunque no lo digan los evangelios, que cuando Jesús tenía unos dieciséis años trabajaría, igual que José, en la reconstrucción de Séforis, elegida como capital de su tetrarquía por Herodes Antipas. En Nazaret no había trabajo y el hogar de José y María conocería momentos de apuro que no pasaban desapercibidos a un muchacho como Jesús. Ciertamente, los ángeles no le servían.

María, la Madre de Dios: esposa y madre trabajadora

Igualmente puede ser punto de referencia para una mujer el trabajo humilde, sencillo, olvidado de María en Nazaret, trabajo de madre y esposa, entonces sin las comodidades de hoy.

Dios pasa por nuestra vida en el trabajo diario

Podrían ponerse otros ejemplos, pero estos son, sin duda, los mejores, el punto de referencia para nuestro trabajo de cada día. En él podemos sentir el paso de Dios por nuestra vida y encontrar a Dios.

 

No importa dónde y cuando las dijo: tal vez una mañana, en un alto cercano al Lago, cuando el sol iluminaba ya sus aguas verdiazules y los campos cercanos. En esta mañana, a los que estaban en torno suyo, sentados en el suelo como Él, Jesús dijo: Bienaventurados los pobres... los misericordiosos... los que trabajan por la paz... (Mt 5,3ss)

Jesús, el Hijo de Dios, un hombre como los humildes y olvidados que le escuchaban

Ante estas palabras ¿qué pensarían aquellos galileos, hombres y mujeres, que buscaban en él ilusiones perdidas, luz para sus días oscuros, y soñaban con otras bienaventuranzas? No pensaron nada porque le veían igual que ellos y sabían que les hablaba desde su propia pobreza, desde su misericordia, desde su amor.

Pero les dijo más: Amad a vuestros  enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecir a los que os maldicen y orad por los que os calumnian (Lc 6,27s) Así seréis hijos del Altísimo que es bondadoso para con los ingratos y los Malos (Lc 22,35) y hace salir el sol sobre malos y buenos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,45) Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordiosos (Lc 6,36)

Perdonad, amad... sed misericordiosos... Les parecían muy bellas estas palabras, pero imposibles de llevar a la vida, pues hay muchas tensiones, muchos egoísmos, muchas injusticias. La nación está dominada y explotada por otra nación extraña y por  unos dirigentes del pueblo al servicio y bajo el amparo de esta nación extraña... Y ellos, los pobres, los humildes, los olvidados ¿habían de perdonar, de amar?... ¡Imposible!

Pero entonces le miraron y vieron en sus ojos la luz de la mañana, la tranquilidad de las aguas del Lago, la belleza y la paz de los campos... Él también era del pueblo. Entonces comprendieron sus palabras ¡Vivía lo que decía!

El hombre, imagen de Dios

En este momento les vino el recuerdo de lo que algunas veces habían oído en la sinagoga: que cuando Dios creó el universo, su última obra fue el hombre: Hagamos al hombre a imagen nuestra, a semejanza nuestra... Creó Dios al hombre a semejanza suya... (Gn 1,26s) ¡El hombre imagen de Dios! ¡Todo hombre lleva estampado el rostro de Dios!

Recordaron también haber oído a Jesús, como respuesta a unos fariseos, que el mandamiento principal era amar al Señor, tu Dios, pero que había otro mandamiento igualmente importante, el de amar al prójimo como a uno mismo... (Mc 12,29.31)

El hombre, cualquier hombre es imagen de Dios. En el hombre, en cualquier hombre puedo ver a Dios, pues lleva grabada su imagen. Pero ¡cuesta tanto ver en algunos esa imagen impresa!

Además, he de amarle casi, o sin casi, como amo a Dios, porque está hecho a su imagen.

Escribía Dostoievky en una de sus novelas: Se comprende que el más oprimido, el último de los hombres es también un hombre y se llama mi hermano (Humillados y ofendidos I.6) Sin duda, lo había aprendido en el Evangelio. Es también en el Evangelio donde yo he de aprender que, a pesar de todo, cualquier hombre es mi hermano, hijo del mismo Padre, Dios, y que en él puedo ver a Dios.

Repito: a pesar de todo, de su propia oscuridad.

Cada hombre lleva en sí un destello, aunque sea pequeño, de la luz de Dios y en su misma noche camina hacia esa Luz

  

Te alabo, Señor, y te doy gracias por estos días tan hermosos que me ayudan a verte y sentirte en todas las cosas: que me ayudan a hablarte y unir mi pobre voz a las innumerables voces de toda la creación que te canta.

Anoche, fue el cielo inmenso, oscuro y profundo, cuajado de estrellas, cercanas o lejanas, como diminutas lámparas que alumbran la oscuridad; esta mañana ha sido la naturaleza que despertaba en los árboles, en el silencio que llena todo. Cuando camino por las sendas abiertas entre los árboles y la maleza sólo oigo el tenue rumor de mis pasos y el leve crujir de las hojas muertas. Y cuando me siento en cualquier piedra o en el tronco de un árbol caído, oigo también el silencio.

Vicente Serrano

       

 

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Yo soy la luz del mundo

Era el último día de la fiesta de Sukkot, la fiesta del Otoño, y moría la tarde sobre Jerusalén. Unas grandes luminarias se encendían entonces en la explanada del templo que iluminaban la ciudad y alejaban las sombras de sus estrechas calles. Jesús en los atrios del templo gritó: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas (Jn 8,12)... Yo soy la luz del mundo....

Vosotros sois luz del mundo

Pero antes, en el sermón del monte, había dicho a quienes le rodeaban: Vosotros sois luz del mundo (Mt 5,14). Vosotros: campesinos de Galilea y pescadores del Lago. Vosotros: hombres y mujeres que le escuchaban. Vosotros: los que a lo largo de los siglos le hemos seguido. Vosotros... Nosotros: Luz del mundo.

¡Luz de Cristo!

Pero dijo también entonces: No se enciende una lámpara y se la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa.

La luz, una vez encendida, no se puede apagar, no nos pertenece. Pertenece a cuantos caminan en la oscuridad de su noche buscando una luz que oriente su vida. No nos pertenece porque no es nuestra, la encendimos en Cristo. Recordemos la noche de la Vigilia Pascual, cuando las pequeñas luces que llevábamos en nuestras manos rompieron la oscuridad que había fuera y en el templo. Las habíamos encendido en el Cirio que simboliza a Cristo. Cantábamos: ¡Luz de Cristo!

Eso somos y eso debemos ser: luz de Cristo. Nuestra fe y nuestra vida han de ser como una luz siempre encendida que señala el camino a quienes, perdidos en la oscuridad de sus noches, buscan la vida.

Pero luz de Cristo.

¿Cómo yo...?

Vosotros sois luz  del mundo... Sin duda estas palabras sonaron muy bien en los oídos de aquellos hombres y mujeres que rodeaban a Jesús en el monte de las Bienaventuranzas, a aquellos galileos, en cierto modo marginados y considerados medio paganos por los habitantes de Jerusalén. Pero tal vez se preguntaron: Yo, campesino, pescador, pastor, bracero... ¿cómo puedo ser luz? ¿Cómo yo mujer, madre de familia, con poca o ninguna cultura, puedo ser luz de mundo? ¿Cómo yo...?

Puesto que las anteriores palabras fueron dichas también para nosotros, cristianos del siglo XXI, que vivimos en una sociedad tecnificada y con gran carga de escepticismo y de pasotismo, podemos igualmente preguntarnos: ¿Cómo puedo o podemos ser luz del mundo? Yo...

* Como la luz del amanecer

Sin duda, todos hemos visto amanecer alguna vez. Yo en lugares muy diversos: en el desierto del Negev, subiendo al Sinaí, en el lago de Genesaret, en el mar, en el campo, en un valle, en el frente... Ves que la oscuridad empieza a retroceder cuando la primera luz se insinúa en el horizonte o baja desde la montaña al valle, y se hace más intensa y llena la llanura o el valle. Nadie entonces ve su fuente, el Sol. Pero la luz está ahí y toda la naturaleza despierta y el hombre se dispone para su trabajo. Así somos nosotros si hay coherencia entre nuestra fe y nuestra vida. Si somos luz aunque nadie nos vea a nosotros, nuestra luz estará presente e iluminará los caminos de cualquiera que, en medio de su noche busca la verdad.

* Aunque nos parezca que nadie la ve

Lo que no podemos hacer es ocultar o apagar la luz. Jesús dijo que debíamos ponerla en el candelero. Nuestra casa, nuestro trabajo, la oficina, el taller, cualquier lugar donde desarrollamos nuestra vida, es el candelero donde ha de brilla nuestra luz.

Si dudamos, si aún seguimos preguntándonos, por nuestro género de vida y para qué sirve mi luz si nadie la ve y nada ilumina, os invito a dirigir vuestra mirada a la luz que está junto al Sagrario. Esa luz está luciendo siempre, de día y de noche, cuando hay alguien en la iglesia y cuando ésta se encuentra vacía, la vean o no la vean. Siempre está luciendo. Siempre anuncia una presencia, la de Cristo. Cualquiera que en cualquier momento entre en la iglesia vacía y solitaria recibirá y comprenderá su mensaje, se hará consciente de una presencia.

* Coherencia entre nuestra fe y nuestra vida

Así ha de ser nuestra vida de cristianos en un mundo, en una sociedad que con frecuencia da la impresión de estar vacía. Nuestra luz no estará encendida por las palabras sino por la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, la fe que decimos profesar y la vida que cada día vivimos. Si la luz existe, estará iluminando siempre, aunque no seamos conscientes: estará rompiendo oscuridades, aunque no lo sepamos; estará anunciando la presencia de Dios y de su amor en medio de nosotros a los que buscan la luz, la vean o no la vean los demás.

* Luz que no es nuestra ni anuncia nuestra presencia

Lo que no debemos olvidar es que esa luz no es nuestra ni anuncia nuestra presencia. Anuncia la presencia de un Dios que es amor, y es luz de Cristo.

 

Vicente Serrano

 

       

 

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Cristiano: Luz del mundo

El Silencio

Bien escaso y valioso

El trágico griego Eurípides decía de sus contemporáneos que eran “incapaces para todo, sólo aptos para charlar, empeñados en todas las artes menos en la del silencio”. Juicio que confirmaba quinientos años después Pablo sobre los atenienses (Hch 17,21). Juicio que podríamos extender a nuestra sociedad con mayor razón, por su abundancia de medios para matar el silencio.

Pero en cualquier aspecto o manifestación de la vida el silencio tiene un valor inapreciable.

No sólo el silencio externo, sino también el interno, el que se produce en el hondón de nuestro espíritu. Necesitamos encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra auténtica realidad, mas esto es imposible si huimos de nosotros, si nos dejamos envolver y arrastrar por el ruido y la superficialidad de nuestra sociedad, una sociedad de escaparate, de ruidos, de palabras, de mentiras.

Necesario para comprender nuestra vida

Cada uno de nosotros es una parte de la vida que fluye, que pasa como el agua de un río, por lo que es preciso situarnos fuera de nosotros, en la orilla de nuestra existencia para contemplar y así comprender nuestra vida.

Esto sólo lo da el silencio. En el silencio nos encontramos extrañamente frente a nosotros mismos. En el silencio empezamos a percibir el valor de cada cosa. Sin el silencio todo resbala, se escurre, se pierde sin dejar huella. Necesitamos el silencio, ese silencio que forja la personalidad.

Imprescindible para el desarrollo de la vida espiritual

En la vida espiritual el silencio adquiere su valor absoluto. Por eso lo han practicado los forjadores de sus propias almas, los ascetas de todos los tiempos.

Esto ha llevado a hablar del “sacramento del silencio” como otro medio que nos lleva a Dios.

 Las direcciones del silencio

El silencio unas veces es una necesidad que sentimos para no nos diluirnos en la rutina y en la vulgaridad, es nuestro silencio, pero otras viene desde arriba, es el silencio de Dios.

El silencio de Dios

¿Dónde está Dios? ¿Qué hace?

El silencio que viene de arriba es el silencio de Dios. En nuestra sociedad, ante sus convulsiones nos preguntamos ¿Dios qué hace? Su silencio nos resulta inquietante, inexplicable, perturbador. Llamamos y sólo nos responde el silencio. ¿Se ha alejado Dios?, ¿nos ha abandonado? Es la acusación que contra Él se suele hacer.

Ese silencio espeso lo vivieron los discípulos aquellos días, después de la tragedia. Tras la muerte de Jesús todo es silencio. Silencio impresionante de tragedia, de fracaso. No apetece hacer nada. Sólo guardar silencio. Y en ese silencio se puede justificar la pregunta: ¿Por qué Dios se calló?

También Jesús experimentó el silencio de Dios. Cuando en los últimos momentos de la cruz gritó “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” sólo tuvo como respuesta el silencio.

Dios no ha dejado de hablar

No hemos de olvidar que Dios nos transciende y no le comprendemos, sólo sabemos de Él lo que nos ha dicho Jesús: que nos ama.

Dios es silencio y habla en el silencio. Paradójicamente el silencio puede ser su respuesta.

Somos nosotros los que ponemos sumo cuidado en apagar o tergiversar sus palabras. Unas veces es el ruido que hay en nosotros lo que apaga su voz. Otras, el miedo que brota de nuestro corazón nos impide escuchar a Dios.

Habla a Dios en el silencio

Prueba a crear un ambiente de silencio, espera en silencio.

No es privilegio de unos elegidos, es posibilidad de cualquiera, aun en nuestra sociedad. Momentos de silencio son momentos de encuentro con Dios, momentos de escuchar a Dios.

El silencio mismo puede ser una forma de hablar a Dios y un signo de amistad el sólo hecho de ponernos en actitud de oración.

Nuestro silencio

El silencio debería ser un componente de nuestras vidas.. Hay que salir al campo, alejarse de toda población para oír el silencio.

Ante Dios

Se ha hablado del “sacramento del silencio” como medio de encuentro con Dios. Pero nuestro silencio ante Dios puede ser exponente de nuestro vacío interior, de nuestra niñez espiritual. No sabemos qué decir a Dios y para hablar con Él usamos falsillas o repetimos frases manidas que hemos oído o leído pero que no nacen del corazón.

Mas puede ser también signo de adoración, de presencia viva en la que sobran las palabras, presencia que es signo de nuestro amor, aunque no broten las palabras. Ya advertía Jesús: No seáis como los gentiles que piensan ser escuchados por su mucho hablar (Mt 6,7). La oración es decir a Dios lo que tenemos en el corazón y, aunque a veces no sepamos lo que decir, nuestro silencio puede ser también oración.

Ante los demás

El silencio puede ser “un excelente signo de amistad” (G. Cesbron).

Como para escuchar a Dios, también necesitamos hacer silencio para escuchar a los demás, apagar la voz de nuestro yo para que el otro encuentre un lugar en nuestro corazón.

Ante nosotros

Necesitamos el silencio exterior, aun como terapia contra el inmenso ruido que nos invade por todas partes: la calle, la radio, la televisión, la publicidad. Ruido y superficialidad de nuestra sociedad masificada que nos convierte en piezas de una gran máquina y que logra que las cosas verdaderamente interesantes resbalen y se pierdan sin dejar huella. Necesitamos el silencio para encontrarnos con nosotros mismos.

También el silencio interior, tanto si queremos escuchar a Dios, como si queremos hablar a los hombres. Tenemos el mandato de Jesús de llevar el Evangelio a todos los hombres pero ¿qué podemos llevarles si nuestro corazón está vacío, o lleno de los ruidos?

Vivimos en una sociedad de escaparate, de vidas vacías, de ruidos, de mentiras y por esto necesitamos ese silencio que forja la personalidad. El ejemplo lo tenemos, como siempre, en Jesús que nos dio magníficas lecciones de silencio: Él, el Hijo de Dios, que vino a salvar al mundo, pasa treinta años de vida oculta.

 Busca el silencio.

Prueba el silencio. Podrás escuchar la voz de Dios, los múltiples mensajes de la naturaleza, la voz de los demás y tu propia voz, esa voz interior que a veces ahogamos para no encontrarnos con nuestra realidad.

Vicente Serrano